Mapamundi (Rev. 2026)
Al cabo de febriles semanas de angustia, Buñuelo pudo por fin encontrar algún semblante de paz: había logrado dominar por fin, y con deliciosa destreza cirujana, un movimiento tan absurdo como fatal.
Apostado frente al espejo de cuerpo entero, vestido con nada más que un par de calzoncillos desteñidos y roídos por el uso repetitivo, se observaba a sí mismo con cautela agresiva, como si intentara, con sus ojos, abrir la carne del Bueñuelo del reflejo.
Su cuerpo era un mapa de violáceos continentes dispuestos de forma irregular. Magro, como devastado por la inanición prolongada, sus huesos se dibujaban grotescamente bajo su piel, estirándola en las coyunturas hasta trazar imágenes que alguna espeluznante similutd compartían con el aire de desasogiego que debieron de sentir cada noche los humanos de las cavernas de Altamira, atribulados en el alma por el eco de las pesadillas generacionales y la inminencia de la muerte.
Buñuelo, corrompido en la dermis y el hipotálamo, hundió la mano en su calzoncillo y sacó un cigarrillo y un encendedor. Sin movimientos demasiado bruscos que pudiesen fragmentar la aparente quietud de su postura inoconexa, empezó a fumar. El denso humo avanzaba con mesura sin elevarse y se estancaba a la altura de sus ojos, como atrapado por alguna mano invisible.
Buñuelo inclinó un poco más la cabeza y fijó aún más su mirada en sus propios ojos. El latigazo de un destello primitivo y feroz asomó relampagueante desde sus globos oculares. Libre de cualquier represión, un odio iracundo que nacía de su torrente sanguíneo empezó a latir en sus oídos, en sus hombros; un espasmo irremediable y desaforado en cada centímetro cuadrado de su cuerpo.
Repasando, lamiendo en su cerebro cada uno de los micromovimientos que se aprontaba a realizar, Buñuelo dio inicio práctico a la rutina que había desarrollado de modo nada más teórico durante largo tiempo.
Con inteción dirigida, inspiró largamente hasta que su barriga se hinchó en una esfera perfecta y deforme. Acto seguido, relajó sus hombros, adoptando una postura más ligera al tiempo en que se irguía unos cuantos grados más. Retrocedió sobre sus pasos unos metros, alejándose del reflejo, pero siempre enfrentádose al otro mundo que parecía replicar con perfección lo que ocurría de este lado. Finalmente, meneando los brazos en un vaivén incorrecto, caminó nuevamente en dirección al espejo. Se detuvo cuando pudo ver claramente los vellos de su propia nariz reflejados en el vidrio y realizó un brevísimo azote vertical de cabeza, apenas perceptible, en un ángulo perfecto de 89 grados: un meneo similar al que comúnmente se utiliza como señal de saludo a quien no queremos más que dar a conocer una especie de simpatía reciclada, en lugar de ahondar en un encuentro más profundo o estimado.
Es ampliamente sabido, sin embargo, que una cantidad significativa de músculos y otros órganos corporales entran en juego durante esta fugaz y aparentemente simple acción. No sólo es el movimiento encefálico lo que otorga la significancia del saludo en sí mismo, sino también los hombros, que se alzan no más de 3 o 4 centímetros sobre su altura normal; la espalda se curva ligeramente hacia la derecha o izquierda, siguiendo limpiamente la ruta marcada por la cabeza. Incluso las cejas se arquean con cierta gracia por encima de los ojos, suben y bajan en un ritmo absolutamente propio. Así, pues, son la completitud y sincronización perfecta de todas aquellas mínimas partes en movimiento lo que el receptor del gesto, de manera inconsciente, termina por entender como una señal efectiva de saludo.
Buñuelo, entonces, aguantó la respiración, tensando conscientemente cada nervio de su cuerpo para mantener sus hombros inmóviles y su espalda rígida. Con una fuerza descomunal que parecía arrebatarle la energía vital, evitó colosalmente que sus cejas sufrieran el más mínimo movimiento: no se alzaron ni medio milímetro de su posición inicial. Entonces meneó la cabeza, saludándose a sí mismo en el espejo que, instantáneamente, al unísono con un chasquido sordo, sufrió una trizadura de extremo a extremo, a la altura del rostro reflejado.
Durante la siguiente semana Buñuelo logró asesinar a casi una docena de excompañeros de colegio que tanta desazón le huieren causado antaño con aquel simple e inquietantemente brutal movimiento encefálico.
Los cerebros de quienes murieron, al verse enfrentados con un gesto de saludo tan inverosímil, se descompensaban de manera prácticamente inmediata, buscando autónomamente y de manera inconsciente una salida o salvoconducto racional que les ayudara a comprender lo que sus ojos le enviaban en forma de impulsos nervioso a través de sus sendos nervios ópticos al centro de su consciencia. Los cerebros, pues, terminaban por colapsar y sufrir pequeños infartos en el área del isocórtex que concluían con la inevitable muerte de la persona.
Las causas, terminarían por decir desoladamente tanatólogos y forenses, eran absolutamente difusas y, en general, un misterio inconcluso para la ciencia convencional.
Buñuelo puede ser, con amplia distancia, el más implacable asesino que haya existido en la historia de la tierra y de la humanidad completa. Puede ser, también, quien encarne a modo de antonomasia el conocido epíteto del crimen perfecto o de las miradas que matan o algún otro calificativo que resulte conveniente a la historia.
Buñuelo vive hoy en un modesto departamento en el barrio Brasil y dicen que tiene un carrito de sopaipillas que levanta todas las mañanas de invierno fuera de la estación Cumming para no levantar sospechas.
Apostado frente al espejo de cuerpo entero, vestido con nada más que un par de calzoncillos desteñidos y roídos por el uso repetitivo, se observaba a sí mismo con cautela agresiva, como si intentara, con sus ojos, abrir la carne del Bueñuelo del reflejo.
Su cuerpo era un mapa de violáceos continentes dispuestos de forma irregular. Magro, como devastado por la inanición prolongada, sus huesos se dibujaban grotescamente bajo su piel, estirándola en las coyunturas hasta trazar imágenes que alguna espeluznante similutd compartían con el aire de desasogiego que debieron de sentir cada noche los humanos de las cavernas de Altamira, atribulados en el alma por el eco de las pesadillas generacionales y la inminencia de la muerte.
Buñuelo, corrompido en la dermis y el hipotálamo, hundió la mano en su calzoncillo y sacó un cigarrillo y un encendedor. Sin movimientos demasiado bruscos que pudiesen fragmentar la aparente quietud de su postura inoconexa, empezó a fumar. El denso humo avanzaba con mesura sin elevarse y se estancaba a la altura de sus ojos, como atrapado por alguna mano invisible.
Buñuelo inclinó un poco más la cabeza y fijó aún más su mirada en sus propios ojos. El latigazo de un destello primitivo y feroz asomó relampagueante desde sus globos oculares. Libre de cualquier represión, un odio iracundo que nacía de su torrente sanguíneo empezó a latir en sus oídos, en sus hombros; un espasmo irremediable y desaforado en cada centímetro cuadrado de su cuerpo.
Repasando, lamiendo en su cerebro cada uno de los micromovimientos que se aprontaba a realizar, Buñuelo dio inicio práctico a la rutina que había desarrollado de modo nada más teórico durante largo tiempo.
Con inteción dirigida, inspiró largamente hasta que su barriga se hinchó en una esfera perfecta y deforme. Acto seguido, relajó sus hombros, adoptando una postura más ligera al tiempo en que se irguía unos cuantos grados más. Retrocedió sobre sus pasos unos metros, alejándose del reflejo, pero siempre enfrentádose al otro mundo que parecía replicar con perfección lo que ocurría de este lado. Finalmente, meneando los brazos en un vaivén incorrecto, caminó nuevamente en dirección al espejo. Se detuvo cuando pudo ver claramente los vellos de su propia nariz reflejados en el vidrio y realizó un brevísimo azote vertical de cabeza, apenas perceptible, en un ángulo perfecto de 89 grados: un meneo similar al que comúnmente se utiliza como señal de saludo a quien no queremos más que dar a conocer una especie de simpatía reciclada, en lugar de ahondar en un encuentro más profundo o estimado.
Es ampliamente sabido, sin embargo, que una cantidad significativa de músculos y otros órganos corporales entran en juego durante esta fugaz y aparentemente simple acción. No sólo es el movimiento encefálico lo que otorga la significancia del saludo en sí mismo, sino también los hombros, que se alzan no más de 3 o 4 centímetros sobre su altura normal; la espalda se curva ligeramente hacia la derecha o izquierda, siguiendo limpiamente la ruta marcada por la cabeza. Incluso las cejas se arquean con cierta gracia por encima de los ojos, suben y bajan en un ritmo absolutamente propio. Así, pues, son la completitud y sincronización perfecta de todas aquellas mínimas partes en movimiento lo que el receptor del gesto, de manera inconsciente, termina por entender como una señal efectiva de saludo.
Buñuelo, entonces, aguantó la respiración, tensando conscientemente cada nervio de su cuerpo para mantener sus hombros inmóviles y su espalda rígida. Con una fuerza descomunal que parecía arrebatarle la energía vital, evitó colosalmente que sus cejas sufrieran el más mínimo movimiento: no se alzaron ni medio milímetro de su posición inicial. Entonces meneó la cabeza, saludándose a sí mismo en el espejo que, instantáneamente, al unísono con un chasquido sordo, sufrió una trizadura de extremo a extremo, a la altura del rostro reflejado.
Durante la siguiente semana Buñuelo logró asesinar a casi una docena de excompañeros de colegio que tanta desazón le huieren causado antaño con aquel simple e inquietantemente brutal movimiento encefálico.
Los cerebros de quienes murieron, al verse enfrentados con un gesto de saludo tan inverosímil, se descompensaban de manera prácticamente inmediata, buscando autónomamente y de manera inconsciente una salida o salvoconducto racional que les ayudara a comprender lo que sus ojos le enviaban en forma de impulsos nervioso a través de sus sendos nervios ópticos al centro de su consciencia. Los cerebros, pues, terminaban por colapsar y sufrir pequeños infartos en el área del isocórtex que concluían con la inevitable muerte de la persona.
Las causas, terminarían por decir desoladamente tanatólogos y forenses, eran absolutamente difusas y, en general, un misterio inconcluso para la ciencia convencional.
Buñuelo puede ser, con amplia distancia, el más implacable asesino que haya existido en la historia de la tierra y de la humanidad completa. Puede ser, también, quien encarne a modo de antonomasia el conocido epíteto del crimen perfecto o de las miradas que matan o algún otro calificativo que resulte conveniente a la historia.
Buñuelo vive hoy en un modesto departamento en el barrio Brasil y dicen que tiene un carrito de sopaipillas que levanta todas las mañanas de invierno fuera de la estación Cumming para no levantar sospechas.
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