9.10.2014

Un cuento de mierda

Foto por Remixed_Idea
Hace un frío de mierda. Hay olor a mierda. Johnny se miró la suela de su zapatilla. Ahí estaba la mierda que debía haber pisado hace apenas unos minutos porque aún se podía apreciar ramitas, pelos y esa suavidad pulcra de la mierda fresca recién pisada. Y el olor.

Dejando que el cigarro se sostuviera mágicamente en el labio inferior, desafiando cualquier ley absurda del mundo natural que impide que las cosas mágicas sean una cosa más comunicorriente, al menos en este país de mierda en que es más fácil entrar a la cárcel por robar un celular que por estafar a medio país  con su fondo de pensiones, (lo que es, a su manera, una especie de magia, pero de magia negra, obra de nigromantes tributarios prestidigitadores de finanzas que gustan de ir a esas ferias libre de La Reina mientras la nana va unos pasos más atrás etcétera -- o al menos eso había dicho el periodista de la radio), Johnny se acercó al borde de la acera y raspando su extremidad contra el pavimento trató de sacarse la mierda. Lo que logró, sin embargo, fue nada más estropearlo porque por alguna razón la mierda tomó una especie de efímera vida propia y se subió desde la suela al borde de la zapatilla, por lo que en sentido estricto no fue Johnny quien estropeó todo sino más bien la mierda misma, aunque sí logró que el cigarrillo siguiera pendido de su labio inferior aferrado con todas las garras de las que es capaz de generar un pequeño cigarro, aunque sea un triste Pall Mall Click de la caja verde, cosa que sí se veía, si alguien lo hubiese visto, como un acto milagroso aunque se trataba probablemente nada más (y nada menos) que la baba de su labio sosteniendo el escueto cilindro.

Abrumado por el frío, por el olor a mierda y porque ya era demasiado tarde como para estar esperando la micro (a esta altura debería ir ya a la altura, valga la redundancia, de Ossa con Tobalaba, doblando hacia el norte, dirigiéndose precisamente al paradero en el que debía bajarse y esperar una segunda micro, siempre hacia el oriente, cuyo conductor debía ya venir subiendo por Bilbao a la altura de Antonio Varas; por lo tanto, en todos los universos posibles (y algunos imposibles) Johnny estaba destinado a 1) perder para siempre esa segunda micro; 2) esperar veinte o treinta minutos más la micro que le siguiera, con el valor (¿o desvalor?) agregado de estar rodeado de toda la gente que de seguro tampoco había tenido la astucia de haberse levantado más temprano y que por lo tanto habría de perder aquella primera micro; y 3) llegar tarde a su trabajo, evento que, a su vez, también podía desmembrarse en 3.1) tener que soportar a su jefa gritándole cual puerco asustadizo por haber llegado tarde; 3.2) resistir estoicamente con la mirada fija en el vacío tratando de evitar caer en el siempre-bien-pronunciado escote que aguantaba de manera espectacular el peso de sus espectaculares tetas; y 3.3) reprimirse el dolor  y no respirar por el tiempo que fuese necesario al momento en que la jefa le agarrara las bolas y las girara con una destreza bruceleeniana desconcertante en una suerte de aviso de que tal situación no podía volver a repetirse (o, quizá por la mirada en su rostro, todo lo contrario), como solía suceder cada día de atraso. Esto último también podía desmenuzar otras alternativas, como por ejemplo 3.3.1) salir de la oficina de la jefa refunfuñando sobre lo vieja culeada que era y que qué se creía esta vieja culeada y que la primera huevada que haría al salir de su turno sería ir a la inspección del trabajo etcétera; o 3.3.2) salir de la oficina de la jefa refunfuñando sobre lo vieja culeada que era y que qué se creía esta vieja culeada y que la primera huevada que haría al salir de su turno sería ir a la inspección del trabajo etcétera, pero con el miembro hinchado, la sangre hirviendo, y en dirección al baño de hombres a correrse una paja monumental en tiempo récord pensando en la jefa y su escote de ubres monumentales -- que era lo que normalmente solía suceder), Johnny retrocedió unos pasos y arrancó una hojita limpia y verde de un arbustito insignificante y al ritmo de alguna canción absurda, cubriendo su falange, la pasó por el borde de su zapatilla a la confort o pañito húmedo.

Lo que Johnny no se esperaba a esta altura, pues no había realmente nada que indicase lo contrario, era que sus dedos pulgar e índice que sostenían la hojita resultasen víctimas implacables de la voluntad poco amigable de la mierda que, una vez más, volvía a tomar un aire como de autoconsciencia y saltaba enérgicamente desde el borde de la zapatilla, escapando de ser limpiada, logrando manchar astutamente el espacio que va desde la yema hasta la uña, es decir la punta de ambos dedos, de manera fenomenal. Un pequeño hipo se le fue armando a Johnny en la tráquea que terminó escapando como un débil y ridículo gemido de temor. Recordó con la brutalidad de un relámpago todas aquellas veces en que durante sus largas sesiones en el baño de su casa alguno de sus excrementos salía disparado con tal potencia que al caer al agua enviaba de vuelta a su trasero algunas gotitas que lo mismo se sentían como si hubiese estado desnudo en el juego de la montaña rusa de agua de Fantasilandia que antes se llamaba Splash y ahora no-sé-cuánto. Tales circunstancias ocasionaban que al momento de limpiarse, el papel higiénico que usaba se empapase por el agua en sus muslos, lo que, a su vez,  desembocaba en que alguno de sus desafortunados dedos lograra atravesar el papel mojado introduciéndose en su propio culo, llenándose de mierda. En todas aquellas veces, Johnny se levantaba acalambrado, se abalanzaba sobre el lavabo y se lavaba las manos al menos siete veces con el jabón de manos, el jabón de baño, el champú de su madre, el champú de perros y un poquito de lavalozas que bajaba a buscar a la cocina, todo el proceso con los pantalones aun bajados, tropezando con sus propios pies.

¿Y ahora? ¿Qué podía hacer ahora? ¿QUÉ MIERDA PODÍA HACER AHORA? Ahora era mierda de perro lo que tenía en los dedos y no sabía si sentirse más o menos sucio de lo que se sentía cuando se manchaba con la suya propia. Decidió por fin en que se sentía más sucio, porque a fin de cuentas él comía mejor que un perro callejero comebasura y se bañaba día por medio. Obviamente, a la larga, tal consuelo no duró mucho pues sanar una situación como la actual, en la que la mierda de algún perro callejero comebasura se le había pegado en los dedos y por debajo de las uñas, y no tener a mano algún desinfectante era imperdonablemente imposible, a menos que se atreviese a desandar todo su camino, retroceder las 4 cuadras que lo llevaban a su casa, sacar la llave del bolso, entrar tratando de no despertar a nadie, lo que era imposible porque su perro, que no era un callejero comebasura, ladraría de todas formas despertando a más de alguien en la casa, subir las escaleras hacia el baño (¡¿cómo mierda esta casa no tiene un baño en el primer piso?!), encontrar los dos jabones, los dos champús y el lavaloza (que obviamente no iba a recordar hasta haber llegado al baño y que por lógica debía bajar a buscar a la cocina y volver a subir nuevamente) y lavarse las manos (siete veces).

Mientras se decidía si volver o no a casa, Johnny alcanzó a notar un brillo especial, una tenue e insegura luz amarillenta unas diez cuadras más abajo. Pretender no saber qué era o a qué pertenecía la lucecita era un bluff absurdo, principalmente porque después de tanto tiempo tomando la misma micro uno alcanza una suerte de superpoder especial (y fulminantemente innecesario) de saber distinguir a la lejanía cuál micro es la que se acerca (así que tan innecesario no es), y cuanto más absurdo pues sabía que debía subirse a ese bus para poder llegar tarde a su trabajo, pero no tan tarde. Agarrando un puñado de otras hojas del mismo arbusto las restregó contra sus dedos manchados, iracundo. La mierda, con un aire de Lionel Messi, esquivó cada uno de los intentos de ser eliminada y empezó a subir por la mano de Johnny, quien perdía el color de su rostro al ver tal hazaña que, sin duda, debió haber registrado con su teléfono celular. La micro se acercaba rauda y sin contemplaciones, vociferando su bocina, esquivando a motoristas y cerrando el paso a los autos más pequeños (es decir, como cualquier micro de este país durante cualquier día de la semana a cualquier hora del día).

Desde la mano hacia la manga de la chaqueta blanca, la mierda se apoderaba del brazo de Johnny, trepando humeante con determinación implacable, dejando una estela implacablemente café claro, amarilla, verde, rojiza, con restos de ramitas y pelos y piedras y restos de choclo o pañal de guagua, y con el convulsionantemente hediondo hedor de la mierda fresca de perro callejero comebasura. El corazón de Johnny entró en un estado taquicárdico proparoxítono de magnitudes considerables, considerando que la micro ya venía a seis o siete cuadras de llegar al paradero y que no podía quitarse la mierda de encima porque por alguna razón aquello que nunca podría haber sucedido en este país de mierda estaba sucediendo en este preciso momento y quizá el único momento en la historia de la humanidad - o de la tierra, del sistema solar, de la Vía Láctea o de Laniakea, por lo que conste - en que un pedazo ínfimo, rídículo y antihiperbólico de mierda se diera la regalada gana de tomar vida y joderle la existencia a Johnny fuera quizá el acto de magia o milagro divino más increíble del que se pudiera tener registro (cosa que no habría de suceder nunca porque Johnny, ¡oh, estúpido Johnny!, no dejaba de rezongar por la mierda en lugar de grabarlo todo con su celular, subirlo más tarde a Internet y cambiar para siempre la historia de la humanidad, de la tierra, del sistema solar, de la Vía Láctea o de Laniakea). Finalmente, Johnny se arrancó la chaqueta blanca, la arrojó al suelo e iracundo comenzó a dar saltos sobre ella, gritando puto pedazo de mierda conchatumadre me cagaste la vida, patear la chaqueta, escupirla y patearla de nuevo, todo a vista de la gente en el paradero que, sin haberlo percibido antes, se había acumulado y, ahora, observaba curiosa, alegre o aterrorizada la furia inconmensurable de Johnny regañándole a una chaqueta blanca, o gris si se pensaba en lo sucia que ya estaba.

La micro se detuvo junto al paradero y su chofer, con un rostro Rembrandt para encuadrar pues la luz interior de la máquina estaba en malas condiciones y el juego de luces y sombras producidos por la luz solar que empezaba a irradiar detrás de la cordillera le daba a su rostro dichas tonalidades, aún después de recibir a toda la gente del paradero, se quedó mirando por unos segundos el espectáculo de un joven colérico gritándole a lo que parecía un animal pequeño (quizá un gato, ¡qué joven más cruel!) desparramado en el suelo.

Con una gota de sudor colgando temerariamente de la punta de su nariz, Johnny se detuvo y vio con desilusión cómo el bus cerraba las puertas y se largaba del paradero dejándolo solo en medio de una polvareda atosigadora. Intentó gritarle a la micro (aunque no a la micro en sí, claramente) que lo esperara e hizo el atisbo de extender el brazo, pero era tarde y comprendía que era absurdo, infructífero, lastimero. Enojado, su rostro rojo y con unas venillas minúsculas empezando a aparecer en su frente arrugada, recogió con violencia la chaqueta destrozada. La sacudió y golpeó contra el arbusto y buscó en su manga el maldito pedazo de mierda. Una carcajada fue la única reacción que tuvo al descubrir nada más que el rastro del paso de la mierda por la chaqueta. Hurgó entre los arbustos, levantó ambos pies (obviamente no al mismo tiempo pues hay leyes físicas que impiden tales acrobacias), revisó nuevamente la chaqueta, buscó con la mirada en el suelo; incluso se atrevió a mirar al cielo, pero inmediatamente una ráfaga de sangre en el cuerpo le hizo sentir estúpido. Y no encontró nada.
Johnny se recompuso. Se arregló el cabello y se sentó en el frío asiento de metal del paradero. No perdió el tiempo sintiendo lástima por llegar tarde al trabajo; a fin de cuentas iba a necesitar el escote de su jefa, que le retorciera las bolas y salir al baño para desprenderse la rabia. Quizá, sólo quizá, iba a invitarla a que le acompañara, pero era muy poco probable.

Poco a poco el calor se le iba desprendiendo del cuerpo y empezaba a sentir el frío de la mañana. Y sintió además un silbido débil. Y luego, otra vez. Miró hacia donde sus oídos le indicaban la procedencia del ruido y pudo ver, precisamente en el momento en que el semáforo daba luz verde, cómo la mierda alcanzaba a saltar al neumático de un taxi y se acurrucaba entre los dibujos de la banda de rodadura. Johnny estiró el cuello y alcanzó a distinguir cómo la mierda estiraba una pequeña especie de brazo con una mano al extremo, y levantaba, en dirección de Johnny, lo que parecía ser un minúsculo dedo del medio un segundo antes que el vehículo partiera y se perdiera de vista.

Un temblor violento sacudió a Johnny.

Hacía un frío de mierda.



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