8.05.2013

Cosas que puede que le pasen a la gente.




Los ojos de Farías se habían cerrado hacía ya un buen rato cuando sus dedos dejaron caer el libro. Su brazo colgaba fuera de la cama y en realidad era una especie de milagro que el libro no hubiese caído antes. Esa noche Farías soñó que era un elefante africano que desenterraba los huesos de algún otro elefante; práctica, por otro lado, totalmente ilegal en una sociedad en que la muerte de los iguales era respetada y hasta llevada a cabo con rituales que asemejaban a los duelos humanos. Farías, en un lapso de conciencia infinitesimalmente corto pero todo-lo-contrariamente brillante, llegó a pensar que se estaba transformado en Gregorio, el jovencillo kafkiano, y que despertaría en la sabana africana siendo realmente un elefante que habría soñado ser un humano que inhumaba restos paquidermos para buscar marfil o quizá qué otra cosa, lo que habría terminado siendo un sueño kafkiano-cortazariano y lo que, a su vez, en un momento tan delicado como aquel, puede terminar siendo una mezcla formidablemente confusa para quien sueña.


María Luisa odiaba su nombre. María Luisa también odiaba las moscas, el hálito matutino, el café helado. Odiaba que sus dientes se destemplaran y odiaba cuando iba en una micro y el chofer, aún teniendo espacio de sobra en la máquina, no se detenía a recoger pasajeros. Podía decirse además que, de todas las profesiones y oficios de los que tenía conciencia, el de chofer de microbús era el que María Luisa más detestaba de todos. Lo otro, lo de los pasajeros desamparados, se incluía en realidad en una mezcla ininteligible de sentimientos de ira y profunda tristeza. En tales momentos, las manos de María Luisa, que debían de ir aferrados a la barra de apoyo, se apretaban aún más mientras sus uñas, que rodeaban el angosto cilindro, se clavaban en sus propias palmas. El dolor  le producía un escozor en la boca del estómago y hacía que su ceño se frunciera de forma graciosa, claro que tal reacción, al verse reflejada en el vidrio del bus, era frenada de golpe por María Luisa. “Putos remil veces violados y infectados (sí, María Luisa olvidaba la regla de usar la e en lugar de la i griega o ye cuando la siguiente palabra empezaba con i) con sida” era el principio del discurso de María Luisa cada vez que sucedía lo mismo.


El viejo de Dalilah se atragantó con el pan tostado con mantequilla que estaba comiendo. La vieja, por su lado, no pudo impedir que un poco de la leche que estaba tomando se escapara irremediablemente por su nariz y cayera, nuevamente, en su labio inferior, ciclo terrible y asqueroso del que la señora no fue del todo consciente. La cabra chica, la última de la camada Jeira-González, estaba embarazada, del mismo modo en que lo estuviesen el resto de las ocho hermanas Jeira-González en sus respectivos tiempos. Dalilah, incapaz de mantener su secreto por más tiempo, rompió el silencio del desayuno, apenas interrumpido por el ruido de la tele chica en el mesón al lado de la cocinilla, y lanzó a quemarropa la noticia. El señor Jeira, iracundo, se levantó de la mesa, balbuceó un par de palabras que más que sentido tenían gran cantidad de migas babosas que cayeron en la mesa y con gran bullicio se largó de la casa por la puerta del cuarto de cocina. Dalilah dejó escapar un llanto apenas audible mientras las lágrimas se le acumulaban en los ojos. La señora González, por su parte, mientras se sorbía los mocos-leche, no paraba de pensar que tal vez era buen momento para llamar a los record Guiness y contarles cómo sus ocho hijas habían quedado, sin premeditación de por medio, embarazadas todas a la edad de 16 años y, más precisamente, todas antes de la segunda semana del mes de mayo.


De todas las experiencias que Joaquín había vivido en su larga vida – hemos de saber que Joaquín contaba 93 años – la que más placer y extrañamiento le había producido en la vida y la que por lo general gozaba de contar a los vejestorios prácticamente fosilizados que tenía por amigos, era la de la venta de su auto. Como todos padecían de una constante y acelerada pérdida de la memoria la historia era contada por Joaquín, con una increíble y nada premeditada sincronización cronológica de 2 meses y un día, sin la desaprobación característica de las historias repetidas pues sus pares, para tales alturas, ya no podían, ni aunque quisieran, recapitular media palabra del suceso. Las historia contaba que Joaquín tenía su viejo cacharro a la venta y que, para recibir más atención, dispuso de un pedazo de cartón por dentro del vehículo y en el vidrio posterior en el que con dificultad escribió las palabras "Se Bende". Adelantándose a su historia, Joaquín no aguantó un segundo más y largó una carcajada que le hizo doblarse de la risa y  que contagió el ánimo de sus amigos quienes, a su vez, también empezaron a reír sin tener la más remota idea de por qué diablos lo hacían. La vitalidad de la risa era tal que pronto los ancianos debían aferrarse de los vetustos cuerpos de sus vecinos para no caer al suelo. Más tarde ese mismo día, los noticieros anunciaban la triste muerte natural y en masa de 5 ancianos en alguna casa de acogida de la ciudad.


Filiperto un día medía 1 metro y 79 centímetros. Era bastante alto para ser un cabro chico de 15 años de La Pintana. Su nombre era, increíblemente, un emblema de poder y soberanía y ninguno de los vecinos del pasaje Juan Pablo I ni sus alrededores se atrevería jamás decirle nada con respecto a la ridiculez que significaba tener ese nombre porque los que ya se habían burlado, estaban muertos, decapitados, etc. Al otro día día, Filiperto se llamaba José Antonio Gurruchaga y medía 1 metro y 78 centímetros, por lo tanto no fue un gran cambio, a excepción de la mansión apoteósica en la que había despertado. José Antonio, luego de llegar del trabajo, se acostó y soñó que tenía sed y no podía beber nada porque toda el agua de la casa era agua en polvo. Mientras aún era de noche, José Antonio despertó con un par de tetas enormes que eran baboseadas y mordidas sin clemencia por la boca sin dientes de un hombre mayor. José Antonio descubrió que se llamaba Margaret Fleckers y que vivía en lo que debía ser la época victoriana londinense o algo así porque los edificios que alcanzaba a ver por el callejón oscuro en el que estaba eran de ese tipo y el acento (apenas inteligible) del hombre que la violentaba no tenía pinta de ser del norte de Inglaterra sino más bien de aquellas tabernas de quinta en Drury Lane (algo que no sabía si había leído en una enciclopedia o porque de verdad vivía ahí). Ese día Margaret medía 1 metro y 55 centímetros y tenía la presión alta. Mientras la violaban, Margaret sintió cómo una bola rugiente de sangre o algo así se le iba formando en alguna parte del cuerpo. El vientre entero le vibraba vertiginosamente y sentía un burbujeo insistente y explosivo en sus intestinos. Cuando ya no pudo callar el grito atomizado, soltó el gemido intenso del único orgasmo que había sufrido en la vida y se transformó en una cucaracha negra y despreciable de menos de 7 centímetros que no tenía consciencia de sí misma, por lo tanto ya no hay nada más que contar sobre nada.


Amando había estado enamorado de Federica durante toda su corta vida. Recordaba en ocasiones cómo, durante el colegio, sentía esa fiebre demoledora del amor adolescente cuando la veía pasar y la corta falda de Federica dejaba ver algún calzón ajustado a su trasero. Si hubiese podido, reconoce Amando, habría salido corriendo al baño de hombres a correrse una paja monumental en honor de su amada. Amando, claro, es un hipócrita de mierda porque cada vez que veía el culo de Federica, suceso que se repetía constantemente por la insistencia de Amando de esconderse a un lado de la escalera precisamente en el momento en que Federica subía por ella, salía disparado hacia los servicios higiénicos y se azotaba el animal con furia. Se dice que una mancha en el techo del baño, etc. Recordaba también cuando se escondía por horas detrás de unos matorrales que daban a la habitación de Federica, en su casa, y esperaba a que la voluptuosa niña se cambiara de ropa. Por alguna razón, las cortinas siempre estaban abiertas, por lo que la alegría del joven Amando era palpable. Dicen que una mancha junto a la ventana de la habitación, etc. Cuando Amando, por alguna suerte indescifrable del destino, conoció a Federica, todo su desayuno se le subió a la garganta y no dijo nada. Federica, que no era para nada inocente, comprendió la preplejidad del mozuelo y con un movimiento rápido y brusco, le agarró la mano y se la metió entre sus piernas, directo en su vulva. Eso es sangre, le dijo con picardía. Esa noche Amando lloró desconsoladamente en su habitación y después de recordar cuánto amaba a la puta de Federica, se colgó y murió con una erección que nada tenía de dedicatoria a la chiquilla.

Jorgito no lo pensó dos veces antes de volarle los sesos al idiota de su hermano. Cansado de sufrir lo que parecía una eternidad bajo el ojo vigilante de su hermano mayor, Jorgito, como le decían, tomó la pistola negra que guardaba en el compartimiento superior de su closet, en una caja donde, además, había una pila pesada de revistas pornográficas e interminables rollos de papel higiénico. La pistola era más pesada de lo que en realidad parecía y era de un color negro tan profundo y desconocido para Jorgito que se la quedó mirando embobado, como cada vez que la sacaba de la cajita para inspeccionarla, sus ojos brillantes, admirando el altorrelieve y las líneas que surcaban el cañón, preguntándose si un disparo letal en la frente o una ráfaga de dolorosos proyectiles hirviendo en partes no vitales del cuerpo de su hermano era la mejor manera de acabar con su vida. Sin decidirse finalmente guardó el arma en su bolsillo trasero y salió. Lo encontró a la vuelta de una esquina, conversando con la puta de su novia, mientras sostenía en su mano el teléfono que quizá le servía de conexión con su otra novia que debía ser, indudablemente, otra puta más. Se acercó sigiloso pero decidido y cuando el grito de la chica que acompañaba a su hermano llenó el aire rancio de la calle, Jorgito ya estaba con el cañón sobre el rostro de su hermano. Éste, como si despertara de un trance, empezó a balbucear sonidos semejantes a los de un bebé y antes de que la orina, que bajaba por su pierna manchando el pantalón, llegara al suelo, una bala implacable se insertaba en medio de su frente. El hermano de Jorgito cayó unos metros más allá, producto del impacto. En su rostro, las facciones indudables de quien no entiende lo que sucede. El pecho de Jorgito se infló de un aire orgulloso y su boca se dobló en una sonrisa satisfecha. Buzzz. Rwptpwrkzkzk. Tchktchk. Lindo. ¿Quién... Frtzplfrtzpl... es el más lindo? Trstrs. Buzzz. Frshfrshfrsh. Jorgito se siente extraño, agitado, le tiemblan las piernas. Alguien habla desde algún lado y está asustado. Jorgito despierta y tiene dos meses y alguien (su padre, pero él no lo sabe) le pregunta con voz absurda quién es el más lindo. Jorgito despierta asustado en brazos de una mujer (su madre, pero él no lo sabe). Acaba de soñar con algo que no entiende y despierta asustado sin saber qué diablos significa aquello. Como su cerebro es pequeño, lo olvida al instante. Fin.

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