7.14.2013

Para Qué Andamos Con Cosas

Fotografía por Karen
—Para qué andamos con cosas— replicó el hombre —. Todos saben, y si no, deberían saber, que si los seres humanos fuéramos realmente honestos, no habrían psicólogos o psiquiatras o terapeutas principalmente porque no habría necesidad de ninguno de ellos.

El doctor escuchaba en silencio, con un interés resabido, evitando sentirse atraído por el curso que la conversación había tomado.

—Todos los hijos de puta corren a un psicólogo para contar una historia diseccionada— continuó el hombre—, una historia mutilada e hilada a priori, para sacarse de encima parte de la mierda que no pudieron limpiarse solos, porque necesitan que alguien les crea, o hagan como si les creyesen, todas las mentiras que no pudieron contarles a sus amigos, a sus esposas, a sus familias. Y digo parte de la mierda, porque la mierda que cuentan es precisamente la mierda que hace verlos víctimas antes que victimario, héroes en lugar de violadores, monjas y no prostitutas de barrio pobre. ¿Y qué pasa después? Valium, Prozac, las pastillitas de mierda. Otros, los más pusilánimes, flores de Bach y aromaterapia. Los más inocentes, Dios. Los sinvergüenzas, todas las anteriores. Van a la iglesia (a veces, ni siquiera siempre), donan los pesos en el supermercado, le dan una moneda, porque nunca es un billete, al mendigo de siempre, al coquero que da miedo, llegan a la casa y se duermen sintiéndose mejor consigo mismo porque no tienen otra alternativa (además, ¿cómo podrían funcionar las pastillas y la homeopatía si no están convencidos?). Lo que quiero decir es que todos estos conchas de sus madres se esmeran, y cresta sí que se esmeran, en tratar de demostrarles al mundo lo buena gente que son porque si el mundo les cree entonces ellos pueden recién empezar a creerse la mentira que han inventado alrededor de sus vidas.

Las palabras habían afectado al doctor imperceptiblemente. Cuando se dio cuenta que lo que decía el hombre le producía una sensación como de rabia, no pudo evitar dibujar una línea negra y profunda en la libretita que tenía en sus manos.

—¿Y usted?— preguntó el doctor, luego de despejarse la garganta —¿En qué se diferencia usted de ellos?

—¿Yo? En nada.

—¿Nada?

—No, po. ¿No ve que estoy aquí, hablando con usted? ¿No es usted acaso psiquiatra?

—Psicólogo.

—Son símiles. Yo estoy aquí porque tengo problemas. Usted está aquí porque tiene que hacerme sentir mejor. Que usted sea uno o lo otro no cambia ni mis problemas ni su misión. La única diferencia, tal vez, es que usted me deriva al tipo que me mete las pastillas por el culo. E incluso ahí, no habría grandes diferencias.

—Tiene que haber una diferencia, ¿no cree?

—Quizá. Yo vengo a hablar con usted conociendo los engranajes. Usted me hace preguntas de las cuales ya me había dado las respuestas. Algo así. ¿Funciona como diferencia?

—Sí, supongo que sí.

—Pues ahí tiene.

—¿Puedo decirle lo que opino?

— Por favor. De otra forma tendría que devolverme el dinero.

El doctor soltó una carcajada.

—Yo siento que usted tiene un problema personal con los médicos. Especialmente con los de mi rubro.

—Quizá cree que mi madre o alguien cercano era psicólogo y me pegaban cuando era niño y que todo es represión sexual. Alabado sea Freud.

El doctor, esta vez, sólo dibujó una sonrisa débil.

—Sin embargo— continuó el hombre —, y respondiendo su pregunta (aunque pregunta no era), sí. Creo que sí. En especial con la psicología y todos los derivados.

—¿Por qué?

El hombre se acomodó en el futón. Acomodó el vaso de agua en el centro de la mesita que estaba a su lado. La luz que entraba por el ventanal le hacía arder los ojos. Ordenaba las palabras, se podía ver.

—¿Podría cerrar las persianas, por favor? El sol me produce acidez.

El doctor dejó la libreta boca abajo y el bolígrafo sobre ella, se levantó y jaló de un lienzo junto al marco de la ventana. La habitación pareció transformarse entera debajo de la repentina oscuridad. El doctor volvió a su sillón, volvió a tomar la libreta y el bolígrafo y se sentó en la misma posición de antes de levantarse.

—Creo que el maullido de un gato es más preciso que un diagnóstico psicológico. Conocí una vez a una persona, un profesor. Tenía una alumna con problemas de aprendizaje o algo así. El psicólogo de la escuela le había diagnosticado cierta condición. Al año siguiente, una doctora nueva le asignó una distinta. Cuando el profesor le pidió explicaciones, la mujer le informó que había habido un error el año anterior y que luego de una nueva evaluación, la alumna pasó de una condición a la otra por un punto de diferencia en los resultados de las evaluaciones de uno y otro año. Un punto. No sé, en realidad, cuán significativos sean los puntos en tales evaluaciones, pero me preocupa saber que un punto es la diferencia entre tener esquizofrenia o ser un religioso fervoso que tiene comunicación directa con Dios. Un gato se eriza y sabes que se siente en peligro.

— Te podría responder aquello, pero es difícil sin entrar en tecnicismos. Volvamos a ti. ¿Por qué estás aquí?

—¿Usted cree que estoy aquí por decisión personal?

—¿Por qué estás aquí?— insistió el doctor.

—Por decisión personal, entre otras cosas. Y por problemas, no olvide mis problemas.

—Vienes por decisión personal y porque tienes problemas. Te burlas de la gente que visita psicólogos y criticas la psicología. ¿No te sientes hipócrita?

—Sí, un poco. ¿Usted qué cree?

—Creo que te confundes. Antes mencionaste que gustas de la filosofía, ¿no? Ambas, psicología y filosofía, son igual de imprecisas, si nos ponemos estrictos.

— Sí, es verdad, pero la filosofía es meramente especulativa. Sus postulados son, en el peor de los casos, inofensivos. Eso, obviamente, sin entrar en discusiones más profundas. Su área de trabajo, en cambio, puede matar a una persona si usted no lo hace bien. ¿Ha matado a alguien, doc? Me refiero, ¿ha muerto alguno de sus pacientes?

—No por mi causa, al menos, si a eso te refieres. Y no, tampoco he matado a nadie. Has mencionado ya algunas veces que tienes problemas. ¿Te molestaría nombrarme algunos?

—La verdad es que sí. Mis problemas son míos. No lo sé,  siempre tuve la sensación de que uno terminaba abriéndose por sí mismo, no que lo abrían a uno con palancas. En los consultorios clínicos, me refiero. He visto, quizá, demasiadas películas. No le contaré mis problemas, doc.

—¿Crees en dios? ¿Crees en la homeopatía?

—¿Qué cree usted?

—¿Temes terminar siendo una de esas personas que criticas?

—Para nada. Usted no entiende, doc. Esos hijos de perra quieren demostrar que son buenos, que pueden salvarse. ¿Salvarse de qué? El infierno, el escarnio social, no lo sé, usted dígalo. Yo, en cambio, no tengo nada que mostrar. En inglés sería algo como “been there, done that”. Nada que demostrar. Me hace falta alguien con quien hablar y sentirme inteligente, eso es todo. La tele es una mierda, el internet es más bien infantil, la radio está cada vez más decadente. Piense, doc, que casi no se ven niños jugando ajedrez.

—¿Tienes novia, polola, esposa?

—No.

—¿Amigos? ¿Familia?

—Tampoco. No me gusta la gente, doc, esa es la verdad. La desprecio. La gente es tonta, es arrogante, es cínica, tiene diplomas y busca comida en la calle. La gente tiene plata y tiene deudas, es fea, es triste, es hedionda, es abrumadora e innecesaria.

—Tú eres también una persona. Si encasillas a toda la gente, tú también caes dentro de la casilla. Si dices que la gente es tonta y cínica, entonces tu también lo eres, pues eres parte de la gente, el género humano, tú entiendes. ¿Has escuchado eso de que cuando uno apunta a alguien con el dedo, los cuatro restantes te apuntan a ti?

—No hable huevadas, doc. No me venga con esas frasecitas de mierda de feria libre. Yo sé que soy “gente”, pero la diferencia, y se la dije antes, es que yo sé que lo soy. Supongo que eso me da cierta ventaja, ¿no cree?

—No, no lo creo. Eso te hace igual de arrogante que el resto, hombre.

—Para nada. Yo lo enuncio como una cosa sin vida. Es una afirmación que no tiene nada de arrogante, ni siquiera porque yo lo diga en voz alta. Yo creo que puedo ser, y soy, mejor que el resto de la humanidad, pero no se lo ando refregando a la gente en su cara. Por ejemplo, usted cree que puede llevar el hilo de esta conversación porque es psicólogo certificado y yo no, pero la verdad es que no. Yo podría matarlo, doc, y no sentir ningún tipo de remordimiento por su vida, pero decido no hacerlo. ¿No es eso una muestra innegable de poder? Creo que lo escuché en una película, pero no recuerdo cuál.

—Yo no te he dicho que soy mejor que tú.

—No es necesario. Por una razón es que yo estoy aquí y usted allá. Pero eso es sólo una distracción física de localización.

—¿Crees que si cambiamos de lugar tú serías, efectivamente, superior a mi?

—Para nada, doc. Quiero decir que usted puede estar en este futón o en la condenada casa presidencial, y aún así sería mejor ser humano que usted, porque estoy libre de toda culpa moral y usted no.

—Insisto. Cambiemos de lugar.

El doctor se levantó. Hizo ademán de llevarse su libreta, pero el hombre le pidió que no lo hiciera.

—Tranquilo, no leeré nada de lo que haya escrito— le dijo, mientras tomaba la libreta y cambiaba a una página nueva —. Ahora, recuéstese en el sillón y beba un poco de agua.

—Creo que empiezo a entender— dijo el doctor, mientras bebía un sorbo.

—Muy bien, muy bien. Perfecto.

El hombre se acomodaba en el sillón del doctor, y empezaba a garabatear en la libreta. Dibujó algo que parecía un perro.

—¿Por qué?— preguntó el doctor

—Porque ahora, doc— replicó el hombre, terminando de trazar las últimas líneas en la sombra de lo que efectivamente era un perro: un perro muerto y botando sangre por el hocico —, ahora voy a matarlo. No se moleste en levantarse.

La mirada del doctor, de pronto, se llenó de un terror evidente. No podía mover su cuerpo y su boca no emitía ningún sonido. Sus ojos se movían con furia, como si intentara entender en qué momento había sucedido todo.

—Ya es tarde para levantarse, ¿no ve lo oscuro que está dentro de esta habitación?

Los ojos del doctor se posaron en el vaso. El vaso, por supuesto.

—Sí, había mucha luz en la habitación, ¿recuerda? Ahí es donde empecé a matarlo, doc.

Un destello relampagueó en la oscuridad mientras el hombre sacaba una navaja de afeitar del bolsillo interior de su chaqueta.


Fuera, el sol brillaba con fuerza.

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