5.16.2013

Mapamundi

Imagen por samlowry_
Al cabo de una angustiosa semana, Buñuelo pudo por fin masterizar con deliciosa destreza un movimiento tan absurdo como necesario. Apostado frente al espejo de cuerpo entero, con nada más que un par de calzoncillos desteñidos y roídos por ropa, se observaba con cautela agresiva, como si intentara con sus ojos abrir la carne. Su cuerpo era un mapa de violáceos continentes dispuestos de forma irregular. Flaco, como devastado por la inanición, sus huesos se dibujaban en su piel grotescamente, estirándola en las coyunturas hasta trazar imágenes que hacían recordar los grabados medievales de súcubos y demonios que tanto desasosiego suelen causar en el alma. Buñuelo, corrompido tanto por dentro como por fuera, sacó de su calzoncillo un cigarrillo y un encendedor que no hacía mucho había puesto ahí y sin ningún movimiento brusco que pudiese fragmentar la quietud aparente de su postura empezó a fumar. El denso humo se estancaba frente a sus ojos, como atrapado por alguna mano invisible. Buñuelo levantó un poco más la cabeza y se miró fijamente a los ojos. Una especie de destello primitivo y feroz asomó relampagueante; libre de toda represión, el odio iracundo que nacía de su sangre empezó a latirle en los oídos, en los hombros, un espasmo irremediable y desaforado en todo el cuerpo. Repasando, lamiendo cada uno de los movimientos con una seriedad sólo aplicable a rituales loftcranianos, Buñuelo dio inicio práctico al trabajo que había desarrollado de modo nada más teórico durante largo tiempo. Adoptando una postura más ligera, Buñuelo se irguió unos cuantos grados y, como si caminara, realizó un movimiento de cabeza como el que se hace para saludar a quien no queremos más que dar a conocer una especie de simpatía reciclada en lugar de ahondar en un encuentro más profundo o estimado. Bien es sabido, sin embargo, que al saludar de esta manera, no sólo es el movimiento de cabeza lo que enfatiza el saludo en sí mismo, sino que también los hombros, la espalda e incluso las cejas sobre los ojos que se arquean con cierta gracia que, a entendimiento inconsciente del receptor, es señal de saludo. Buñuelo, entonces, dejando los hombros inmóviles y evitando con fuerza descomunal que sus cejas subieran ni un milímetro, meneó la cabeza saludándose a sí mismo en el espejo que, acto seguido, sufrió una trizadura de considerable estimación. Durante la siguiente semana Buñuelo asesinó a casi una docena de compañeros de colegio con ese simple pero inquietantemente brutal movimiento. Los cerebros de quienes murieron, al verse enfrentados con un gesto de saludo tan inverosímil se descompensaban de manera casi irrisoria y, buscando autónomamente una salida o salvoconducto racional para comprender lo que los ojos veían, terminaban por colapsar y sufrir pequeños infartos en el área del isocórtex que concluían con la muerte. Las causas, terminarían por decir tanatólogos y forenses, eran difusas y, en general, un misterio para la ciencia convencional. Buñuelo puede ser, con distancia, el más implacable asesino que haya existido en la historia de la tierra y la humanidad. Puede ser, también, quien encarne a modo de antonomasia el conocido epíteto del crimen perfecto o de las miradas que matan. Los continentes violáceos del cuerpo de Buñuelo, producidos por los constantes hostigamientos por parte de sus compañeros de colegio, quedaban, entonces, justiciados por el arte silencioso de sus asesinatos. Buñuelo vive en un modesto departamento en el barrio Brasil y se dice que tiene un carrito de sopaipillas que levanta todas las mañanas de invierno afuera de la estación Cumming para no levantar sospechas.

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