8.14.2012

López

Fotografía por Kevin Dooley

Luego de dudar un segundo, López por fin se decidió a cruzar la calle. Era una noche fría, pero no insoportable. Han habido días morbosamente peores, le había dicho a una colega en la mañana, conversaciones de ascensor, diálogos universalmente aceptados. Algo le había respondido la mujer a la que ya se le asomaban las raíces de un cabello falto de tintura pero no pudo recordar qué había sido. No es que fuera importante tampoco, pero, en fin. Cuando llegó al otro extremo se dio cuenta que era absurdo que estuviera recordando una conversación tan nimia mientras cruzaba la calle. Después se aterrorizó porque se dio cuenta que, además, no recordaba haber prestado atención al tráfico antes de cruzar. Podría haber muerto, dijo en voz alta, pensativo. La verdad es que poco importaba cuando la razón por la que había cruzado era lo realmente importante. Sentía una puntada en el costado, le costaba respirar, pero le gustaba hacerlo, le gustaba que el aire estuviera tan helado, que le llenara los pulmones de hielo nocturno. ¿Qué era lo que le había dicho su colega? Reconoció las casas. Un poco más allá (¿o más acá?) estaba la que buscaba. Por alguna razón la materia que creaba sus pensamientos parecía, a ratos, galopar sin sentido, chocar entre sí, atropellarse mutuamente sin encontrar descanso. Sabía por qué había cruzado y sabía qué era lo que buscaba con haber cruzado. Conocía la casa y le gustaba el frío, pero no había caso en poder recordar la tonta conversación en la mañana ni parecía conocer a la persona que debía estar dentro de la casa que buscaba. Su colega (no sabía su nombre) luego se despidió y se bajó en el piso 7 u 8, poco importaba.

López no recordaba que la avenida estuviera empinada (o en bajada, según de donde viniera) y no entendía cómo le podía costar tanto trabajo poner un pie delante del otro. Felipe le habría dicho que estaba borracho, pero sabía que no lo estaba. Al menos no recordaba haber bebido un sorbo de nada. Miró, por alguna química inconcebible de su cerebro que le hizo doblar la cabeza, hacia atrás. ¿Ese es mi zapato?, pensó. Luego se miró sus pies y, en efecto, tenía su pie derecho descalzo y sin calceta (¿dónde diablos se pudo haber metido?) que se tornaba ligeramente azul en el frío de la noche. Increíble que la pasta de zapatos haya durado todo el día, pensó. Mira cómo brilla ese zapato. Siguió su camino buscando algo que ya no recordaba. No le dio demasiada importancia; desde un tiempo a esta parte (aproximadamente unos tres o cuatro minutos) olvidaba todo con demasiada facilidad. Se acordaba de una persona que le había dicho que siempre hay días morbosamente peores pero no entendía por qué demonios alguien le diría tamaña estupidez sin una charla decente. Pensó López que había gente estúpida en el mundo. Cuando ambos pies se movían descalzos sobre el pavimento, López pensó que sería fácil moverse más rápido. Por razones aerodinámicas irrefutables se sacó la chaqueta gruesa que le cubría del frío.

López creía que estaba enamorado. No entendía por qué ni de quién, pero a fin de cuenta, ese sabor en la boca tenía un sinónimo de amor y si eso no era una muerte prematura debía ser, al menos, la locura del amor, tema tan tratado por quizá cuántos autores que había leído pero que de pronto dudaba haberlo hecho. Bruscamente, a su izquierda se alzaban unas casas terribles, tristes, todas cubiertas de polvos y enredaderas. López sabía que estaba buscando una casa, al parecer, no estaba seguro. Al final poco importaba, porque ya no podía moverse mucho. Detrás suyo (o delante, ya no lo sabía) estaban desparramados sus pantalones negros y un par de piernas que debían ser las suyas porque sólo se apoyaba con lo que debía ser su cintura o cadera, López nunca lo tuvo claro.

¿Por qué estoy desapareciendo?, se preguntó el pobre de López, que había cruzado la calle en busca de algo que no recordaba, que había andado buscando cosas en la vida. Le dolía en alguna parte de su disminuido cuerpo que tanta búsqueda le hubiese arrancado el cuerpo, las piernas, esas cosas que debían ser sus brazos y manos. De pronto sentía ese abandono del que había hablado un mexicano escritor que tenía un apellido que sonaba a pan seco o a un rastrillo, algo de un hilo de sangre que se cortaba y pensó que así debía de sentirse un ateo justo en el momento preciso antes de convertirse en ateo. Él lo sabía por experiencia porque tenía esa ligera impresión reveladora de haberlo sido. Pero después pensó que quizá había pasado demasiado tiempo buscando respuestas, buscando tesoros de hálito añejo, buscando restos insufribles de lecciones de vida, buscando buscar algo. Iba a decir que todo había sido una pérdida más que una búsqueda, un perder más que epifanías reveladoras, pero lo que debía haber sido su mandíbula inferior empezaba a evaporarse debajo de sus ojos y, claramente, no alcanzó a decir nada por no tener un lugar de apoyo en el que descansar su lengua antes de golpear el paladar (y demás está decir que su lengua se esfumaba junto a su mandíbula tirada en el suelo).

La noche empezaba a cerrarse y López por fin logró entender a qué se referían los autores al decir que la noche se cerraba. Por algún tiempo su lógica le impidió entenderlo porque consideraba, erróneamente, que la noche que se cerraba era la que le daba lugar al día y, por razones primigenias de la humanidad, el día le parecía a López la apertura misma de la vida. Pero la noche se cerraba y fuera lo fuese que eso implicaba le alegraba la vida (o la falta de ella) poder entender una incógnita que le había pesado en el alma por causa de un círculo social amplio  de pseudointelectuales que olvidaba a esta altura. Como a toda persona cuerda que se encuentra a pocas millas de su último respiro, a López le daba una pena inmensa muchas cosas. Por ejemplo, no haber usado sus piernas más frecuentemente ni su nariz inexistente para sentir más los olores y todas esas cosas de las que se arrepienten de no haber hecho todas las personas que no hicieron las cosas en su momento como los cristianos, musulmanes y discapacitados que no son de nacimiento.

Lo último que alcanzó a pensar López (que ya se había reducido nada más que a una masa grisácea) fue que todo era una mierda rara. Y lamentó terriblemente (aunque no mucho, porque le faltaban los órganos para lamentar terriblemente alguna cosa) no haber sido más despierto para haber entendido todo lo que había que entender (que se reducía a nada) más temprano en su vida. La vida es una puta, dijo finalmente y desapareció de la faz de la tierra.

1 comentario:

Jael Díaz Ubilla dijo...

Evitaré la verborrea innecesaria que podría escaparse de mis manos, y diré lo único que puedo decir después de volver a leer algo tuyo después de tanto tiempo... un agrado, torcido, pero un agrado.