11.25.2011

Sábado Suizo


Fotografía por Funchye
Martin se dejó caer en el asiento, cansado y empezando a transpirar, para tratar de recordar, o entender, cuáles habían sido las circunstancias que lo habían llevado hasta donde estaba y a dejarse caer en el asiento con tanta dedicación y cansancio.
Repasó con rapidez y con más inercia que determinación teorías conspirativas aprendidas en Internet que pudiesen alterar el curso de la voluntad o que, en su defecto, agudizaran el determinismo teorizado por Laplace unos siglos antes que esa mañana, esa mañana que empezara sin ninguna premonición o aviso ínfimo para todo lo que habría de pasar durante el día, pero no encontró mucho.
No creo que sea mala suerte, pensó distraído mientras alguien, unos asientos más atrás, se desvanecía, al igual que él, en pensamientos parecidos a los suyos. No, siguió pensando, no es mala suerte. La suerte es Suiza, así de inofensiva.
Martin volvió la cabeza hacia donde la otra persona se había recostado a lo largo de dos asientos.
Mi mamá me va a matar, pensó Alicia, recostada a lo largo de dos asientos. Me va a ver, si es que llego viva a la casa, y me va a matar. Eso, claro, siempre y cuando no muera antes.
Alicia había despertado a las siete como todos los sábados. Se había duchado y vestido con la misma pereza que todos los sábados. Había dicho la puta madre quién me manda a trabajar los sábados al igual que todos los sábados. Había hecho lo mismo que todos los sábados, por lo tanto tampoco tenía razones para pensar que este sábado sería distinto de todos los otros sábados.
Martin, por otro lado, sentía aún la venganza pausada y tortuosa de mucha bebida, much ron y mucha coca (lo que, obviamente, no era lo mismo que mucha bebida) de la noche anterior y por la misma razón le costaba trabajo reconstruir la escena, unir los hilos, armar el rompecabeza y las otras millones de analogías baratas que se le venían a la cabeza.
Los dos flaites, por su parte, habían subido al bus sin pagar el pasaje. Eso Martin lo recordaba porque venía de pie e inamovible a causa de la mucha gente de pie e inamovible, y los dos flaites habían abordado sin pagar y saltaron sin mucho esfuerzo el torniquete de acceso (lo que, sin duda, asombró a Martin porque quién diablos anda saltando torniquetes de acceso un sábado a las ocho de la mañana tan enérgicamente) y lo empujaron refunfuñando algunas cosas que difícilmente podían ser palabras en español y Martin, que no estaba muy en forma, se fue de pique contra un señor muy viejo y muy elegante que, seguramente, iba a trabajar a alguna empresa de cajas de zapatos porque en Chile, decía Martin, todos los hueones son arribistas.
Nadie sospechó de los flaites más que la sospecha habitual a su avistamiento, cuidado con el bolso, Carmen, que te pueden trajinar, o estos tipos me van a agarrar el trasero, o ya llegaron estos hueones ladrones, deberían matarlos a todos, los juntamos en un concierto de algún reguetonero flaite, y les lanzamos bombas y se mueren todos de una puta vez (amenaza, por lo demás, puramente mental y que nace del miedo porque quien pensó esto último fue quizá un pendejo de quince años que apenas tiene un asomo de bigote, cuya dirección de email probablemente es asesinodeflaites_16@hotmail.com  y que teme enfrentarse cara a cara con dos flaites reales).
Alicia en realidad nunca sospechó nada porque cuando subió al bus (del verbo alcanzó-a-subirse-y-tuvo-la-suerte-de-que-las-puertas-no-la-decapitaran-en-el-intento) los dos flaites ya se habían largado al final del vehículo. Martin no recordaba certeramente el momento en que Alicia subió al bus porque a) Alicia no era muy linda que digamos, por lo tanto no era causal de mucha atención y b) él aún luchaba por mantenerse en pie sin sentir que el mundo daba vueltas y en lo cual el bus (bajo el mando del chofer) no jugaba a su favor.
Uno de los flaites había tocado la puerta de la casa del otro con furia y rapidez. Al rato salió el otro flaite, con un rostro de sueño irrefutable y con la mitad izquierda marcada por los dobleces de la almohada. A continuación se ofrece la traducción al chileno de lo que hablaron los dos tipos en su idioma (la mayoría de las coprolalias enunciadas originalmente serán remplazadas por la palabra “hueón” o sus derivados):
—¿Por qué estái durmiendo todavía, hueón hueón?
—No estoy durmiendo, ahueonao. ¿No veí que estoy despierto?
—Te dije, hueón, que teníai que estar despierto temprano, hueón.
—Es que, hueón, anoche llegaron visitas, hueón, y nos pusimos a tomar, hueón, y nos fuimos a la chucha, hueón. Hueón.
—Puta el hueón irresponsable, hueón. Apuesto que ni cargaste la hueá, hueón.
—Sí la cargué la hueá, hueón.
—Ya, apúrate nomás, hueón, anda a vestirte rápido, hueón hueón.
—Ya, oh.
Más tarde los dos flaites discutían sobre a qué bus debían subirse. Acordaron subirse a la tercera máquina que se detuviera en el paradero porque la tercera es la vencida. Uno dijo algo sobre que el azar era inofensivo pero justo, o alguna cosa parecida. Cuando se detuvo el tercer bus, fueron los primeros en ingresar. Saltaron el torniquete de acceso y chocaron con Martin, quién se precipitó contra el viejo elegante. Disgustados dijeron al aire lo que se traduciría como: muévete, imbécil.
—¡Auxilio!— gritó una mujer desde el fondo del bus —¡Me están manoseando!— y dirigió la mirada hacia los dos flaites quienes, en la más absoluta honestidad, se veían graciosamente fuera de lugar entre la gente.
—¿Qué estai hablando, vieja hueona?— dijo uno en tono agresivo.
—Me agarraste el poto, roto indecente.
—¿Qué te voy a andar agarrando a vó, tonta hueona?
Toda la gente inmediata al trío sumió su atención en la pelea (y los que estaban más lejos no perdían tiempo y se apresuraban para colocarse en cuclillas y estirar el cuello). Los más vivos sacaba sus teléfonos celulares para grabar la noticia, subirla a Internet o tratar de venderla a algún canal de televisión para obtener los quince minutos de fama tan necesarios en estos días, mostrando la terrible realidad que muchos chilenos viven día a día en el sistema de transporte público en un reportaje de no más de cinco minutos lleno de mensajes resabidos y lugares comunes.
La señora, pensó Martin, que ya se encontraba en la mitad del bus, era alharaca. Posiblemente es una vieja arribista, que lee la revista Cosas, pierde el día viendo SQP y cuando se sienta deja la mitad del poto fuera de la silla para llamar la atención. Alicia no pensó nada porque iba escuchando música y no prestó atención a los rostros de fingida preocupación de los demás pasajeros.
Cuando el caos empezaba a formarse, se sucedieron seis situaciones en inverosímil orden que terminaron por cambiar el curso normal que los hechos, al parecer, irían a tomar: 1) El bus llegó a un paradero y abrió las puertas, 2) la gente se empezaba a abalanzar sobre los dos flaites degenerados que no pensaban que sus madres o hermanas eran mujeres, 3) uno de los flaites hurgueteó entre sus ropas, 4) los pasajeros se dieron cuenta que el bus abría las puertas en un paradero importante y empezaron a bajar. La vieja del agarrón gritó desde abajo hueones cochinos, 5) el flaite terminó de buscar, subió con ímpetu a uno de los asientos y alzó una pistola negra y brillante sobre la cabeza de los pocos pasajeros que quedaban en el bus y gritó nadie se mueve, mierda, esto es un asalto, y 6) toda la gente se apresuró a bajar, gritando desesperadamente, arrollándose unos contra otros, la histeria apoderándose de cada uno.
Los únicos que quedaron en el bus fueron los dos flaites (el de arriba del asiento aún con el brazo en el aire, pero bajándolo y apuntando en dirección del chofer), Martin, quien empezaba a despertar definitivamente al ver el arma, Alicia, quien descompuesta por los empujones de la gente se había sacado los audífonos y había creído escuchar la palabra asfalto pero que, al ver la pistola, se dio cuenta de cuán errada estaba su percepción auditiva por causa de la música en alto volumen y el chofer, quien a la orden del flaite con la pistola cerraba las puertas.
Al ver el desolado escenario, el otro flaite profirió con profunda desazón:
—Puta la hueá.
Reincorporándose, los flaites le gritaron a Martin y Alicia que se sentaran, que entregaran los celulares, la plata, que no se resistieran o que iba a ser el último día que iban a ver el sol. Qué poéticos, pensó Martin antes de dejarse caer, cansado y empezando a transpirar, sobre el primer asiento que encontró. Alicia le imitó, evidentemente nerviosa, y tomó unos asientos más atrás. Al rato, se recostó a lo largo de dos asientos, pensando en qué haría si salía viva de esta situación.
Martin, por su parte, se disponía a entregar sus pertenencias cuando un sonido seco atravesó la ventana un segundo antes de que uno de los flaites lanzara un bufido y una exclamación apoteósica al tiempo que se agachaba y se cubría la oreja izquierda. Qué te pasó, hueón, preguntó el otro flaite, bajando del asiento, preocupado. Un disparo, hueón, cuidao, dijo el otro mostrando sus manos llenas de sangre roja y caliente. Ambos miraron hacia fuera por entre los asientos y vieron a un oficial de carabineros que apuntaba su arma hacia el bus. El flaite sano corrió desde el fondo en dirección del chofer, pero tropezó con el pie de Martin, quien, de puro instinto (por haber vivido en las comunas malas de Santiago) se había lanzado al suelo no sin antes ir a por Alicia cubriéndola con su cuerpo. El flaite cayó de bruces al suelo y soltó un par de dientes con sangre. El flaite miró a Martin con cólera pero se recompuso y mientras apuntaba el arma, con furia e histeria le gritaba al chofer que arrancara la máquina y los sacara de allí.
Al cabo de unas horas de escapar de la policía y de protagonizar la más insólita, grandiosa pero de todas formas aburridísima y lenta persecución que nunca se hubiese visto en Santiago (admitámoslo, pensó Martin, las calles de Chile no son para estas cosas), pero que de todas modas causó furor en el mundo noticioso, el bus a cargo del par de flaites se detuvo en medio de una avenida por falta de combustible. Luego de unos minutos, el autobús se encontraba rodeado por errepés de Carabineros. Martin, aún en el suelo y con Alicia a sus espaldas, trataba de persuadir a los flaites.
—¡Cállate, pendejo hueón, hueón, hueón, hueón!
Los oficiales gritaron algo desde fuera y los flaites, ambos al unísono, levantaron sendos dedos anulares hacia el exterior. La respuesta inmediata fueron disparos de parte de la fuerza policial. Todos se lanzaron al suelo y se cubrieron.
Oye, le dijo Martin a Alicia, estos hueones ni idean deben tener que estamos aquí, si no, no estarían disparando como dementes. Sé que ni siquiera sé tu nombre, pero quiero darte un beso por si morimos ahora. Eres muy linda (mentiroso de mierda, se reprimió en su mente) y me gustaría morir con una linda imagen final. Alicia pensó que todo era una broma absurda, estas cosas no pasan nunca en la vida real. Bueno, le dijo por fin a Martin y, por alguna razón, agregó, soy virgen (mentirosa de mierda, se reprimió en su mente). El rostro de Martin se pulverizó y esbozo una difícil sonrisa. Ambos estiraron los labios y se besaron bajo una balacera estruendosa en algún lugar de Santiago.
—Dispara [y perdonará el lector la brutalidad, pero es necesaria para el relato], dispara, conchetumare!— le gritó el flaite de la oreja lacerada al de la boca rota.
El aludido se puso en pie y apuntó con el arma hacia la calle. Los policías que lo vieron se refugiaron detrás de las puertas abiertas de sus autos. El flaite jaló el gatillo, pero en vano. No sucedió absolutamente nada. Su compañero, desde el suelo alegó con rabia no la cargaste, super ahueonao, te dije, hueón, que la cargárai. El otro no tuvo tiempo para responder que había entendido mal y que lo que había cargado era el celular, pues, en ese momento, una bala le atravesó la cabeza y lo lanzó contra la ventana opuesta.
—Esta hueá es una broma— pensó Martin en voz alta.
El flaite refugiado en el suelo se levantó y miró a su amigo por un segundo. Al segundo siguiente, una segunda bala se introducía por su nuca, atravesaba sus sesos con gracia y salía por la frente para dejar en la ventana un pequeño agujero con salpicaduras de sangre. El tipo cayó sobre el otro cuerpo.
En el fulgor de la confusión, el chofer del autobús, gritando histérico y, alcanzó a percatarse Alicia, llorando, abría las puertas de la máquina y salía despavorido. Lamentablemente, algún policía de nervios descontrolados disparó una tercera bala. El pobre diablo se desplomó aparatosamente. Alguien gritó desde fuera alto el fuego.
Martin y Alicia, lentamente, se asomaron por una de las puertas abiertas y gritaron con fuerza que estaban desarmados, que ellos eran rehenes del par de (idiotas, quiso agregar Martin) delincuentes.
Cuando salieron del bus, intactos, sin haber perdido ninguna pertenencia y ligeramente aturdidos, se encontraron con cámaras de televisión, oficiales de policía y un millar de gente curiosa que, teléfonos móviles en mano, les tomaban fotografías o grababan videos. Antes del ajetreo de los trámites policiales, Martin y Alicia, quienes nunca intercambiaron nombres, se miraron por un momento y se sonrieron por vez última. Nunca más se volvieron a ver.
Ya más tarde, al llegar a su casa, Martin se dejó caer en el sillón, cansado y empezando a transpirar, para tratar de recordar, o entender, cuáles habían sido las circunstancias que lo habían llevado hasta donde estaba y a dejarse caer en el sillón de esa manera, con tanta dedicación y cansancio.

Repasó teorías y conspiraciones, analizó con pereza los hechos del día y trató de atar cabos sueltos, pero no tuvo resultados. La suerte, pensó, mientras prendía la televisión y volvía a apagarla de inmediato, ya no era tan Suiza.

2 comentarios:

Ta ga dá dijo...

Mátate! :)

Ta ga dá dijo...

Hablando en serio, me gustó la primera vez, me gustó ahora también.