5.22.2011

Capítulo 3


Si hubiese tenido que elegir una noche, porque son las noches las que se eligen, de eso ni hablar, hubiese elegido una noche de verano. Y le irritaba el culo que fuese una noche de verano. No tenía nada en contra del inglés, salvo que lo encontraba un hijo de puta, una mezcla de cemento con hojuelas de maíz. Un desayuno así, señor, por favor. Qué cosa más lastimera para el estómago, la verdadera razón del cáncer a la faringe y al corazón, como lo del cáncer a la garganta, pero eso era otra cosa. Se acordó, como entre paréntesis, de eso de que tenía cáncer al Cortázar. Menos mal que nunca se lo dijo a Michele, porque las risas hubiesen sido desaforadas, casi bañando de baba la cámara. Pero sí, si había algo que elegir era una noche de verano. Y le molestaba, claro. Si es que acaso no eran hemorroides a la altura del hipotálamo lo que era en lugar de un molestar. O malestar. Además no era solamente una noche de verano, si no que de verano. Cosa más desagradable, por favor. No, no había por dónde conciliar la elección. Y eso más le irritaba. Que la elección y bla bla bla y que además era una noche y de verano y quizá por lo mismo le dolía tanto aceptar que no había más que aceptar la única opción aunque se violara brutalmente la etimología, porque, en el fondo, aunque ni tan abajo, ya no era una elección lo que estaba haciendo. Toda su vida había sido la preparación de esa noche, las botellas heladas, la tele prendida en un canal equis, sin mucha relevancia, el cigarro, los cigarros, el encendedor chino que tal vez sí o tal vez no, las noticias de alguien que algo había hecho en algún lugar y una conversación que no tenía importancia pero que se dejaba fluir en voz baja, no vaya a ser que despertemos a la niña o a la Marga que duerme tan felizmente en el sillón mientras el tipo de la tele habla que te habla sin decir absolutamente nada. Así, todos los detalles, alguna servilleta doblada en cuatro encima de la mesa, la luz parpadeante del router, el más mínimo e ínfimo de los detalles, incluso aquellos que no alcanzaba ahora a recordar, un agujero pequeño en el suelo de madera que junto con otros más allá podrían haber formado, con imaginación y esmero suficiente, una réplica perfecta del cinturón de orión, porque ahora nadie decía las tres marías, o esos recuerdos increíbles y falsos, los valores en kilocalorías detrás del tarro de salmón, cosa que era virtualmente imposible de hacer porque nunca estuvo esa cara (claro, como si los cilindros tuviesen alguna cara) de frente a ellos, entonces no había más que inventar los números e inventar los recuerdos, pero de algo se hacía el mundo, de promesas políticas o de juegos de azar. Sí, toda la vida había sido la antesala de esa noche. A Norambuena le gustaba pensar así cuando andaba con las manos escondidas en las mangas de su chaqueta azul.

Pero que esa no elección hubiese dado por consecuencia una noche de verano no podía más que al menos darle un ataque de nervios espectaculares. Vaya uno a ponerse a desmigar expresiones hasta la médula. Pero sí. Y esa noche había sido tan cualquier noche, que la sensación pesadumbrosa de mantequilla caliente bajando por las axilas se le hacía más insoportable. Una noche de verano tan cualquier noche del mundo y que esas cervezas heladas fueran tan cálidas y agradables eran adjetivos que a Norambuena le agradaban cálidamente, a pesar de todo, porque se estiraban tanto que lograban aterrizar perfectamente en algún lugar del pecho donde estaban sus recuerdos perdidos. Había, por supuesto, no le vaya uno pedir mucho a su memoria que no había aprendido aún que no es en ella donde se guardan los recuerdos, sino que, claro, en el pecho o en la yema de los dedos o en una almohada o en alguna hoja de árbol en Inglaterra que al final cayó, presa de las corrientes de agua en las calles, en alguna alcantarilla y que se perdiera para siempre, había detalles o episodios enteros de tres a cinco minutos que no recordaba en absoluto. Lo bueno, eso sí, era que en el litoral las noches de verano no son tan veraniegas. Hay un soplar constante que un santiaguino a la fuerza, como él, no podría soportar sin el chaleco eterno que había comprado antes de irse al viejo mundo. Y las cervezas se iban de a poco, los cigarros todo lo contrario, la tele incansable, la Marga cansada y la niña durmiendo y soñando quizá con planetas más alegres que ahora. Y Norambuena le contaba y Michele le respondía y le contaba que la nieve, que las flores que nunca habían mandado (ninguno de los dos), que un día había salido a la calle con el pelo mojado, que iba atrasada o algo, pobre tonta, y que el pelo se le había congelado y la niña y la gente y el pueblo enano y los negros. En especial los negros. Norambuena ponía atención hasta el límite posible para la mente de alguien como la de Norambuena, es decir las primeras diez palabras — tuviesen o no significancia — y después unas lagunas mentales (océanos, le había dicho una vez la Marga) se apoderaban de su atención con olas tan monstruosas como las que se escuchaban desde ahí, donde sea que hubiesen estado.

Una voz inepta le interrumpió porque a todos le había causado gracia y se reían y lo que le había interrumpido era en realidad la risa. Alguien había pronunciado algo que no necesitaba pronunciación o algo así. Eso pasa, pensó Norambuena, por poner mormones en los funerales; pero no tenía idea qué era eso. Margarita le apretaba el brazo con fuerza, aferrándolo al mundo, al pasto tierno, a las voces de aquí. Norambuena, movió la cabeza y la observó. Si sus ojos hubiesen sido palas de excavar habrían encontrado petróleo. Nada, ninguna situación en el mundo hubiese cambiado su (falta de) humor.

De vuelta, Norambuena se encontró con los cigarros ya acabados. La cerveza aún a la mitad. La conversación en un loop inalcanzable. Prefirió afirmar con la cabeza, reírse. Michele seguía hablando eternamente, en una noche de verano agradable e interminable, una repetición pegajosa de sonidos, de sentir la lana del chaleco sempiterno en sus dedos. Norambuena le respondía que sí, que ajá, que obvio po, que no, cómo se te ocurre. Cuando miró hacia atrás, había una luna. Alguien se había despedido, pero no sabía quién. Había mucha gente reunida debajo del toldo verde. Una fila interminable de manos que llevaban rosas rojas y blancas. Norambuena se volvió a Michele, que le hablaba de algún tipo, de alguna vida, la vez que hablaron de tantas cosas, la llamada para el terremoto y se reía tan eternamente feliz que a él le dio un pánico terrible. Le dijo que tenía algo que decirle, porque ya era hora de irse. Michele no entendió, porque seguía hablando tan graciosamente, ahora riéndose tan fuerte que podía haber despertado a la niña. Norambuena miró nuevamente debajo del toldo y alcanzó a vislumbrar entre la gente la caja descendiendo lentamente, todo untado bajo una avalancha creciente de llantos patéticos. Patéticos, porque no le permitían concentrarse de una vez y decirle a Michele lo que tenía que decirle. Miró a Michele y vio cómo el cigarro y las botellas empezaban a flotar y se precipitaban en el cielo de una noche de verano lejana y agradable, tan agradable que era imposible ignorar un caldero en el estómago tan evidente como la mano implacable de Margarita que dormía en el sillón apretándole el brazo, buscando algún punto de apoyo estable. Norambuena sintió el ahogo de su propio llanto, porque era incapaz de revertir el recuerdo, porque muy a pesar de rogarle a Michele que lo perdonara por haberle dicho tiempo después que no valía pena (you are not worth it), ella se reía, atrapada para siempre en la reminiscencia efímera de una noche de verano en el litoral, bebiendo unas cervezas, fumando cigarros inacabables. Norambuena le dijo que la amaba, que todo era su culpa, que no se preocupara, no te preocupes, yo te cuido a la niña, pero acuérdate siempre, siempre, que se acordara siempre, siempre que las palabras dichas no tenían importancia. Michele se reía feliz, dando vueltas en el aire, mientras la casa, el litoral, la servilleta doblada en cuatro y las constelaciones en un piso de madera, la luna y el mundo se vertían acuosamente en un punto imaginario que debía ser el cielo o alguna otra noche incapaz de ser recordada por nadie.

Margarita arrastraba los pies. La caja había sido cubierta por un mar de flores, y aún así, como a propósito descubiertos, una pequeña abertura entre los pétalos dejaba ver los autoadhesivos con imágenes de las princesas de películas animadas, pegados quizá cuando por la niña. Norambuena la buscó con la vista entre la gente, tal vez estaba escabullida por ahí, en los brazos de alguien. No la encontró. Margarita se obstinaba a dejar la única flor que llevaba entre las manos, como si al hacerlo dejara partir el único recurso que la mantenía unida al mundo, el único artificio para no lanzarse sobre la caja y descender con ella.

Norambuena se le adelantó, tratando de enseñarle a su pareja el trabajoso y fulminante gesto de posar una flor sobre un ataúd. Se inclinó, sacó las manos de entre las mangas de la chaqueta azul y estiró el brazo. Escuchó cómo alguno de sus huesos se había quebrado, tal vez el esternón. La flor permaneció quieta mientras Norambuena se alejaba cansado, los hombros caídos, la boca seca. Llegó a un punto donde sólo alcanzaba a escuchar un murmullo. Allá, bañados por la luz de un sol implacable, se estiraba larga y lenta una fila de álamos taciturnos. Creyó escuchar una risa y ver un remolino de colores, quizá de la niña. Soplaba un viento extraño, frío.



Photo by Toni Villaró

2 comentarios:

Elías Días © 2011. dijo...

La verdad no estoy seguro de si palabras que escriba en ovación por lo leído serían las correctas. Es una lectura apasionante, y más que eso aún, la agudeza de un relato, de esos capaz de reproducir una película exacta en tu cabeza, con ojos abiertos siguiendo en letra cada pensamiento, acción, sensación, escenario y sucesión.

Cuídate, Pablo. Espero verte pronto, he pensado unas cuantas cosas.

Sander dijo...

Tus cuentos y relatos siempre me han parecido fascinantes. Pero son muy distintos a los que yo escribo; escribo más ficción. Soy amante de la ficción, pero siempre lo he complementado con algo de realidad. Y me gusta hacer pebre a las religiones y sectas. Eso es lo mío. Pero soy menos enigmático. Sigue, que hay mucho que necesita ser escribido.