3.09.2011

Manuel García


Picture-¿Hay algo más imposible?- repitió García - ¿Habrá alguna cosa más imposible de hacer?


Las palabras, obviamente, se le escapan solas de la boca. A esa hora, con la borrachera llegando a un apogeo constante e uniforme y en ascenso y con las manos temblando de frío parecía absolutamente natural. Claro, no había nada más imposible. Le parecía increíble que, aún consciente dentro de esa niebla espesa que se posaba encima de las pupilas, se acordara de algún pedazo de la canción que sonaba de fondo mientras, con Raúl, miraban bailar tan tristemente a Rocío. Podría haber sido cualquiera otra, meneando el culo con menos gracia que un tronco de árbol, pero esa tarde había sido Rocío. La botella de algo subió hasta la altura de la boca sólo para dejarse caer sobre el pecho ya asquerosamente pegajoso de la camisa semi-abierta de García, la que dejaba, a su vez, entrever la superficie lampiña de su cuerpo.


Rocío era fea, como cualquier otra.


-Es fea, hueón.- dijo García.

-Sí sé, pero me da igual. Igual le doy.


García se había reído. Parece. No lo recordaba. Pero creía que sí. Y si no lo hizo, era su deber hacerlo. Se acordó de Ossip. Mira qué mierda. La Antonia le diría snob. Pero qué mierda.


García, obviamente, estaba llorando. La Rocío era fea, pero le daba pena. Siempre sintió que había algún violín tocando debajo de la piel, una canción triste, como las de esas películas tristes que, de seguro, tenía que estar plasmada en las cintas de películas de los 50 porque o si no cómo cresta el mundo habría sobrevivido sin cortarse las venas hasta el día de hoy aunque fuese – en este punto no recordaba la palabra – algomente hablando. Pero sí, la Rocío era un animalillo feo, desangrado, probablemente sin dientes. Pero le conmovía el estómago verla ahí, meneando unas tetas lastimeras, las piernas y glúteos carcomidos en los bordes por una celulitis que nunca se preocupó de cuidar porque nunca había pensado en ocupar su cuerpo para tratar de deleitar con bailes inanes y añejos a viejos verdes, tristes y borrachos como García.


-Manuel- dijo alzando apenas la voz, tratando de llamar su atención mientras pasaba por su lado. García, en este punto, ya idiotizadas las imágenes por culpa de lo que parecía ser un vodka barato, no recordaba con claridad la canción. Rocío alcanzó a mover la cabeza, despreocupada, sin prestar atención mucha al susurro que venía de alguna parte.


Raúl le decía siempre que era hueón. Obvio, eso ya lo sé, no hay necesidad de hacerlo. Pero el día en que despierte con una vaca entre las piernas – y me refiero a una vaca de verdad – chupándomela, te voy a llamar para que me lo digas de nuevo. Obviamente eso no lo dijo. Raúl nunca le había dicho cobarde, pero seguramente lo intuía.


-¿Queda?
-¿Qué hueá?
-Conchetumare.


García no  había entendido lo último, pero creyó que sí. Se dio cuenta, primitivamente, de que algo le quemaba el pecho. Extendió el brazo, alejando la botella de ron. No recordaba exactamente qué era. Ron, dijo en voz baja, para ver si podía recordar, pero no pudo. No importaba, en realidad. Se llevó la boca a la boca, sobre los labios y se tragó un sorbo que le rompió la ya destrozada garganta en mil pedazos de vidrios. Le faltaba un cigarro. Al menos eso alcanzó a pensar hasta que recordó la canción.


Los ojos ya los tenía rojos de tanto deprimirse. Antonia tal vez le recriminaría, le diría que cómo era posible que él estuviera en ese estado, que qué pensaría Cortázar si lo viera así, quizá se me una y se ponga loco como yo, quién sabe, es Cortázar, por la puta madre. Antonia, qué niña. Rocío, en cambio, con su vientre arrugado de tanto esforzarse para inhalar el aire y la coca de la vida, era otra cosa.

-Manuel- repitió, otra vez, un poco más fuerte.

Raúl, perdido en otra parte, pero en un destello increíble de consciencia le reprimió.

-La Antonia, hueón.- Después su cabeza chocó contra la barra y luego contra el suelo. Unos hombres – García no recordaba bien – lo alzaron como a un rey.


García estaba triste, por eso no entendió nada de lo que Raúl había dicho antes de desaparecer del mundo. Y la Rocío también estaba triste. No hay problemas. Las tristezas se unen de alguna forma. Somos estropajos desteñidos, ratones de alcantarilla, clochards, canciones malas como las del club de la serpiente, una sonata deprimente y agujereada. Tengo las calcetas rotas, le dijo a Rocío. Ella no entendió por estar sumida en su baile, sin mirar a nadie, moviendo los brazos hacia los lados, lentamente, y luego hacia arriba, en un vaivén poco sincronizado, abrumada por el humo de cigarrillo, por el hedor insistente a transpiración, a bolas, a culos de hombres. Pero no importa, Rocío, le dijo aún más fuerte.

-Me llamo Manuel, ¿qué cosa peor te podría tocar?

Rocío pensó que tal vez algo peor sería tener varices de nuevo, andar en silla de ruedas, el Alzheimer. Ideas tontas. Pero no importó mucho, como mucho de lo que había pasado esa tarde no había importado en nada. Las vidas siguen iguales, no hay consecuencias. No, al menos, cuando se está tomando un trago tan malo que se sigue tomando. García tomó otro trago, sintió las manos pegajosas, como cuando se masturbaba debajo de la cama.

Llevarse a Rocío a ese lugar donde estaban no había sido trabajo duro. Emborracharla con eso que parecía pichí, tampoco. No podía ser vodka si parecía pichí, eso seguro. Pero no importa, quédate quieta, no hagai mucho ruido que pueden venir los pacos y ahí sí que cagamos. Los dos se rieron los más bajo que pudieron, fingiendo risas acordes con la tontera que hacían, pretendiendo que se entendían, que sabían que el otro sabía que ambos no podían más y si hubiesen podido, se hubiesen lanzado esa misma noche o tarde o día – con esta poca luz poco se puede saber – a la línea del metro, manchando de sangre y alcohol a la gente y los vidrios y posiblemente deteniendo el tráfico por al menos veinte minutos que es eso todo lo que dura un luto en este país de mierda donde todos hacen la hueá que quieren sin importarle un poco lo que le suceda a García o a Rocío si se lanzaran al metro.

Mientras Rocío se agachaba, García le contó que un día se había comido una araña y que desde entonces sentía la sangre rara dentro de su cuerpo. Rocío no le dijo nada, completamente absorta en la tarea de chuparle el pico por iniciativa propia aunque hubiese sido de ambos en realidad. 

García se revolcaba como un puerco y de vez en cuando gemía. Pronunció tantas veces el nombre de Antonia que, sin darle la más mínima importancia, Rocío le pidió que le dijera quién mierda era la tal Antonia mientras que con la mano desocupada agarraba la botella por la boca y se inyectaba dos sorbos de lo que parecía ser pisco o whisky. García, obviando los detalles gracias al efecto del alcohol, se despojó y se dejó amar por la pobre vieja que le mordía sin delicadeza la punta de un pene que apenas se mantenía erguido. No preguntes hueás, le dijo, mientras sentía cada vez más cerca el estallido, la mezcla de rabia y humo de cigarro que le corría por las piernas, por dentro de las bolas. Antonia no sirve de nada, por si quieres saberlo. Rocío no escuchaba, se esmeraba en recorrer el miembro de forma completa sin aplicar, de hecho, ningún esfuerzo sobrehumano. He lamido mejores, pensó, y más duros y de hueones más borrachos. Y siguió pensando en el tipo que un día, una noche, alguna vez, etcétera, mientras García se deshacía en excusas con un tufo rancio y con la garganta a punto de explotar y sincronizarse con su entrepiernas, llorando la amargura de Antonia, quien había dejado de respirar porque García, en un ataque de celos infundados, cegado por la rabia que produce lo que sea que la haya producido en ese instante, había atravesado la boca de Antonia con sus propias manos, buscando algún botón, alguna hendidura en su interior, en esa cosa viscosa que debía ser el alma de la mujer a quien él más había amado, dejándose a sí mismo solo y triste, tan triste que tuvo que huir, buscarse un bar, una prostituta barata y triste con quien compartir la amargura de la muerte porque si hay algo, y Gracía lo entendía muy bien dentro de su boca, detrás de los dientes, si hay algo que es sinónimo de muerte es la agonía de sobrevivirla, el terrible y puto momento al ser evadido por ella. Rocío no escuchaba, ella se volcaba sobre sí misma tratando de por fin sentir alguna arcada.

-¿Antonia te lo chupaba tan bien como yo?- alcanzó a decir Rocío antes de que García, que enfurecido hasta la médula misma de sus huesos había alzado la mano libre en su dirección formando un puño apretado, acabara por fin de vomitar sobre sí mismo el alcohol de una larga jornada al mismo tiempo en que la pobre mujer, alcanzado su propósito, hiciera lo mismo y en el preciso momento en que él disparaba una línea férrea de semen que terminó por fin de chocar con el caliente regurgitar de Rocío que caía sobre sus piernas.

La mujer se recostó a un lado, riendo a carcajadas por la increíble coordinación mientras García, abrazando sus propias piernas, perdido no sabía dónde, lloraba desconsolado, lamiendo sus propias lágrimas, sorbiendo sus propios mocos. Rocío preguntó si quedaba algo en la botella, pero García no entendió. No entendía mucho, el constante mareo era insistente y la canción, una interminable seguidilla de sonidos extraños, se le introducía en el cerebro. No recordaba qué canción era o cómo seguía, cuál era la letra, pero no le daba mucha importancia. García se removía insistente, mientras la mujer a su lado, un desperdicio triste, un cuerpo triste, terminaba por quedarse dormida, roncando como nadie lo habría hecho jamás.

García lloraba triste, porque no había otra manera en la cual podría sentirse. Pensó incluso que tal vez podría estar más triste de lo que estaba, pero desistió. Era imposible. ¿Habría algo más imposible?, pensó. ¿Habría una cosa más imposible de hacer?, insistió, mientras, en su cabeza empezaba a sonar, nuevamente, la canción.






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