3.09.2011

Flaca Dos Puntos


PictureHoy desperté y te vi. Estabas a mi lado, metida y enredada en algunas sábanas de alguna cama de alguna habitación de algún hotel de algunas pocas estrellas aquí en Barcelona. Estabas llena de ojos (cerrados, claro. Era bastante temprano, cerca de las siete - se me ocurre - y vaya alguien a meterse en tu ritual sagrado del sueño milenario), llena de movimientos bruscos en las cejas, llena de flores en la cabeza y de peces simpáticos que te debían de estar haciendo cosquillas en la panza porque tenías una sonrisa espeluznantemente contenta en la cara. Yo te miré y me acordé de pronto de Rulfo y de Cortázar, de algunos (digamos) poemas que, de haber estado un poco más despierto, te hubiese susurrado al oído. El tufo matutino, siempre tan puntual (de esos que aparecen apenas abrís los ojos) y tan como gris o azul (o alguna mezcla de colores de nombres imposibles), me impidió hacerlo y darte tal vez algún beso tranquilo en la frente o en la barbilla donde tenés ese lunarcito inquieto que (estoy seguro) se cambia de lugar cuando nadie lo ve.


Antes de escaparme de tus piernas tentáculas (¿Existe esa palabra? ¡Qué burradas estoy diciendo, che!) me dejé abrazar por tus brazos sonámbulos que debían de estar abrazando a otra persona, porque a mi, querida, a mi no me debés abrazar. Supongo que estabas soñando con el Flufli, pobre animalito cuando cae entre tus manos. Pero sí, ¿querés que sea sincero?, sí, me dejé abrazar y me di cuenta por qué el Flufli no te deja que te le acerqués. Tenés una fuerza fenomenal, flaca. Si tus ojos (esos que me hipnotizan de la misma manera como me hipnotizaba - cuando era un pibe, no vayás a pensar que todavía me pasa - la tombolita de la lavadora de carga frontal) no son suficientes para desplegar a algún animal (como soy yo) de su fuerza, de seguro tus brazos harán lo necesario para dejarlo a uno tan desnudo y vacío como me dejaste anoche luego de meternos a esta habitación.

Yo no sé, che, pero me da la impresión que el mundo siempre fue en blanco y negro (black and white, no sé por qué a los gringos les da por cambiar el orden de las palabras) antes de las siete de la mañana. O hasta las siete, porque cuando me safé de tus piernas tentáculas (si no existe, la invento para vos) alcancé a ver cómo un arbolito se terminaba de poner el traje verde. Yo lo vi, te lo juro. O es que debe ser aquí en Europa nada más... 


Después, esa costumbre abrumadora me obligó a tomarme un mate (suerte que trajimos la bombilla), pero no me lo tomé en la cocinilla. Te vine a ver dormir. Estabas tan quieta que me dio la impresión de que te habías muerto y me reí, perdoname, porque pensé que la muerte debía ser una cosa con algún título profesional en cosmetiquería, porque te veías tan relinda, flaca, tan relinda, apenas respirando y tu sonrisa que no se iba nunca. El mate me llevó a mi chaqueta, donde hurgué buscando la caja. Traté de fumar rápido, uno no debería fumar a las siete (y pico, porque ya había pasado algún tiempecillo), pero eso no es algo que se haga a propósito. Lo mismo me demoré diez o doce minutos.


Al rato desperté. Sí, me quedé dormido, pero me desperté. No tengo idea la hora. Lo hubiera sabido, pero el aparatito de la hora se había apagado y el tiempo se había arrancado por la ventana abierta y, de paso, había botado un macetero a la calle. Yo lo vi allá abajo, todo destrozado, todo de tierra y polvo y alguna flor roja despedazada por la caída y la pisada de la gente desconsiderada. Y tú, agarrada de la almohada, aún no querías despertar. A mí me dio un poco de vergüenza, vos sabés, en Europa se aprovecha el tiempo (y esa bobada del tempus fugit y carpe diem, latín de segunda). Seguías tan linda como en la mañana y, no sé por qué, aún sonriendo.


Me levanté y me metí a la ducha, empezaba a hacer un calor de esos de los de verdad, y cuando salí seguías ahí, inmóvil. Me asusté un poco, nada más un poco, y después me vestí, me puse la misma ropa que anoche (¿cuál otra?) y me fui a la cocina. Agarré un plato y un tenedor, pensando en tu cabeza con flores, y me serví alguna cosa para comer. Cuando volví a la habitación aún dormías. Seguías abrazando a la almohada Flufli, pero te habías dado vuelta, escapando de la luz del sol. Me acerqué al borde de la cama y te vi, sonriendo aún y me contagié por un segundo. Sí, flaca, me hiciste reír por un segundo. Me subí a la cama y me monté sobre ti. No moviste un músculo. Desprendí, con delicadeza y parsimonia fulminante, la almohada Flufli de tus manos. Seguías sonriendo. Entonces dí una carcajada. Me reí tan fuerte que despertaste asustada y me miraste. Pero alcanzaste a verme sólo un segundo antes de que yo te tapara violentamente el rostro con la almohada. No tuviste tiempo para reaccionar, flaca. Solo alcanzaste a quitar la estúpida sonrisa de tu cara antes de que empezara a clavar el tenedor en la almohada, porque eso de convulsionar con fuerza, eso de gritar como con algodones en la boca, eso de agitar los brazos y botar todas las cosas de la mesa de luz, eso de violentar el cuerpo y las piernas, eso parecido a un ataque de epilepsia, eso, flaca, eso sólo fue después, mientras yo te decía que cómo cojones podías confiar en el primer compatriota que vieras en el extranjero, que eras una boluda por creerte el cuento de mi abuelo muerto de cáncer mientras, entre vodkas baratos y cigarros a medio fumar, me contabas tu historia entera, tu único beso con una mujer, cómo odiabas que te despertaran por las mañanas, cómo estaban de caras las cosas en casa, la historia de algún gato llamado Flufli, lo difícil que era entender a los españoles y el problema con los paros de los buses. Pero eso sólo fue un momento. Cuando la almohada empezó a sangrar coincidió con el término de tus convulsiones y me di cuenta de que habías entendido.


Me levanté con cuidado, tratando de no despertarte. Aún era un tanto temprano, aunque la mitad de España, fuera de esta habitación de hotel de pocas estrellas en Barcelona, estuviera a medio camino de terminar de todo su obrar. Por eso me fui, flaca. Te dejé dormir todo el día, mientras yo me iba por unos cigarros, porque el que me había fumado en la mañana era el último de la caja.


Cuando despiertes, flaca, no te asustés si no me encontrás.



Photo used under Creative Commons from jenny downing

No hay comentarios.: