3.09.2011

Banda Sonora Para Un Sábado Por La Noche


PictureApagar la pantalla y tomar la chaqueta azul. Los cigarros, el encendedor (obviamente), las llaves, los audífonos y dejar las monedas. Sólo por ahora. Apagar las luces en una especie de rito sagrado, una a una y sentir lástima de que ya no alumbren. Mirar las cosas como si no se las fuera a ver por toda la eternidad. La eternidad duraría solamente la caminata (obviamente). Dar pasos suaves y por primera vez encender la música antes de salir. A veces era difícil darse cuenta lo simple que era abandonarse. Quizá por lo mismo.


Las luces de la noche eran agradables y pesadumbrosas, nada que hacer al respecto. Tal vez, otro día, se daría el tiempo de nublar la vista. Pero hoy no, eso era para otra historia. Hoy no era tiempo de cosas alegres. Por esa razón, quizá, Houston sonaba más desgarrador.


Había viento pero no llovía. Sólo un constante soplar fuerte que traspasaba sin mucho esfuerzo la chaqueta. Era la chaqueta azul, y aún así el viento...


Encendió el cigarrillo al doblar la esquina, cuando ya no habían casas ni paredes que detuvieran el soplido huracanado que azotaba la costa. Un sabor a sal se le metía por los pómulos. Se dio permiso para sonreír (una formalidad, nada más). La calle se abría bocabajo y los faroles, esas almillas tristes y estiradas, iluminaban con gracia la vereda. Las esquivó todas.


El jazz era otra cosa. Trató de olvidarse, pero el viento... La sombra le daba algún reposo, de eso estaba casi seguro. Pero hoy, pero esa noche, pero ahora era difícil. Lo único seguro era la música, el saxo (otra vez, no estaba para sinónimos ilustrados) desgarrador cumplía a cabalidad su tarea adjetiva. Bajó por la calle y sólo se atrevió a doblar cuando el gemir de las olas se mezcló con elegancia con el piano. Pensó que tal vez todo estaba planeado. Dejar el cierre de la chaqueta (azul) hasta la mitad del camino, que el cierre del pulóver llegara hasta el cuello, la cajetilla en el bolsillo derecho, el encendedor en el izquierdo, caminar por la sombra, escuchar a Houston. Sonaba a literatura (barata, si se pensaba que todo estaba planeado). Pero no. No podía ser así. No había tenido tiempo para pensar. Se calmó.


Amainó el paso y fue pisando los bloques saltados. En Europa las veredas eran así. Nada que ver con Chile. Eran unas cosas lindas, unos cuadraditos bien instalados, de colores. Tal vez por lo mismo los odiaba y pisaba con cuidado cada cuadro, obviando el siguiente.


El cigarro se quemaba rápidamente y lo lamentó. Pero el viento... Miró al otro lado del mar, las otras luces. Eso es Gales, pensó, era Gales en la mañana, debe ser Gales por la noche también. Se atrevió a pensar que tal vez en Gales había otro latinoamericano en su misma situación (de situado, de disposición espacial), mirando hacia el otro lado del mar, a las otras luces, fumando un mismo Richmond Smooth Superking, escuchando a un mismo Houston, pensando que en el otro lado había otro sudamericano en su misma situación (de situado, de disposición espacial) pensando que al otro lado...


Cruzó la calle y se arrimó al barandal sobre el lago, porque el mar estaba más allá, unos metros más allá. Pero ahora, en la noche, daba lo mismo. Todo era una sola cosa de agua negra. Y allá estaba Gales, porque si lo era en la mañana, en la noche, lo más probable, es que lo siguiera siendo.


Houston y el cigarro estaban apunto de terminar y lo lamentó. La noche estaba bien, le hacía bien. Y el viento...


El saxo parecía arrastrarse sobre alguna alfombra marrón. Era una dulzura (y no podía pensar en otra palabra) desgarradora. Y el piano, que tenía cuerpo de mujer (aunque lo estuviera tocando un hombre, lo más probable y adecuado) se unía, hacían el amor con una tristeza (come on!) desgarradora, con una sensualidad que recordaba a la Bardot llorando o a los pechos de Marilyn.


En algún momento pensó que tal vez Houston había venido a Inglaterra. Que había caminado por la misma calle, mirando el mismo Gales, que se había sentado en la misma banca donde había una mujer con una capucha sobre la cabeza, que se había metido por , por, por la calle, esa calle y que había desembocado en, en, en la otra calle. Le habría gustado saber los nombres, cómo en los libros de Cortázar. Ingenuo, pobre pajarito ingenuo.


Pero sí, definitivamente, debía de haber estado en París. Houston Person debía de haber estado en París. Siempre se le había ocurrido que todos los jazzistas habían estado en París. Aunque nunca hubiesen estado ahí. Pero debían de haber estado. Sentía siempre que al menos una nota de todas los acordes que salían de los metales, de las cuerditas ocultas de los pianos, de los bajos y contrabajos, que al menos una gotita de saliva atrapada en el saxo, que al menos una gota de sudor en la baqueta de la batería, o que, por último, un si menor (si es que había si menores en jazz y no una sucesión de inquietantes jeroglíficos musicales perfectamente dispuestos) debían significar París en ese idioma insensato y (maldita sea) desgarrador con que nacía el jazz. Paris Je t'aime. Paris Je t'aime. O alguna otra cosa en francés, o en parisino. Y Houston...


El viento terminó por fumarse el cigarro. Y allá lejos en Gales se apagó una luz.


Jugó por unos momentos con la colilla entre sus manos, pasándola de dedo en dedo, sin decidirse por botarla finalmente y aplastarla con el pie, fin poco (demasiado poco) honorable para tal ambrosía nocturna. Al final sus dedos la olvidaron y cayó, dio un rebote y terminó ahogada, perdida para siempre en el agua negra del lago-mar.


Algo debió de haber pasado. Alguna especie de magia, alguna especie de fantasía. Y Houston que increíblemente no acababa... Una cosa, una cosa brillante, un palito de luz, un palito de luz verde flotaba armoniosamente en el agua negra, un palito de luz verde flotaba vertical y armoniosamente sobre el agua negra del lago-mar y Houston que se resistía a terminar.


Lo quedó observando. Era imposible que justo en ese momento, justo al terminar el cigarrillo, justo cuando el saxo se hacía más insoportable y (ya no hay por qué debatir más) desgarrador un palito de luz estuviera flotando, vertical, en el agua, dando un resplandor verde, porque era un palito de luz verde.


Era un pajarito ingenuo, mas no para creer en revelaciones. Pero quedó prendido. El palito se resistía a hundirse, como Houston se resistía acabar de una vez por todas y acabar con el dolor en el pecho. Houston era un palito verde flotando vertical en el agua negra.


El palito de luz verde se balanceaba en un vaivén simpático.


Se dio el permiso, la obligación de sonreír. Y sonrió por más de un momento. Tardó dos, tres, cinco momentos sonriendo.


Houston ya se decidía por fin a terminar. Un acorde (¡qué diablos podría él saber!) más alto, un piano más intenso (¡qué, qué diablos!). Se separó de la baranda. Hacía frío. Y el viento...


Se alejó, abandonó el palito de luz verde, pisando un cuadrito de la vereda, el otro no, el otro sí, el otro no. Más allá, donde había un mirador (no sabía el nombre en inglés ni en español) para ver Gales y el lago-mar por twenty pence, empezó a sonar Carter. Se alejó por la vereda. Agachó la cabeza y siguió pensando en París. Cuando ya era muy tarde pensó en volver, pero no lo hizo. Pensó en Houston otra vez, en Talk of the Town, pensó en escucharla otra vez. Pero no lo hizo. Hacía frío. Mucho frío. Y el viento, el viento...


Siguió caminando, alejándose más y más, cabizbajo.


El otro sí, el otro no, el otro sí, el otro no, el otro...


Cuando volvió a la baranda, encontró a un viejo apoyado, mirando el mar con insistencia.


-There was something on the water.

-Was there?

-Sure there was. A blue glow. But now it's gone. Wonder what it was...



Sólo sonrió. Pensó en decirle que era magia, la fantasía y que era verde. Pero sólo sonrió. Además, la mujer con la capucha había desaparecido. No había caso.


El viejo se alejó, con sus tres patas, sin importarle los cuadritos de la vereda.


Houston volvió a sonar. Pero junto con Carter. Spring can really algo. Miró hacia el mar y no encontró nada. Allá lejos estaba Gales, con sus luces.


Al otro día despertó con jaqueca y con el aliento como si hubiera dormido con un perro callejero húmedo en la boca.

No hay comentarios.: