12.09.2009

Capítulo 2


PictureOjos. Dos. Nariz. Hiperbólica. Boca. Chica y fea. Espinillas. Conchadesumadre. Ojos. Dos y cansados. El tiempo debe ser una serpiente sobre una esfera, una serpiente maldita que me va mordiendo el rostro hasta dejarlo ininteligible un jueves por la noche. Una cara llena de huellas, de cicatrices que sanan rápido. Mierda. Si se tomaran el tiempo de doler, tan sólo el tiempo necesario para sentir escozor, el bullir insistente de la herida, el correr despacio de la sangre y el agua, que, de ser necesario, se infecte, que se pudra un poco con la tierra que se levanta cuando arrastro los pies... Pero no. Las cicatrices se me pegan al rostro tan fácilmente, tan fácilmente... como si en vez de heridas, fueran cicatrices precocidas de microondas, verdades que se secan en el aire pero que se agarran con todas sus garras de mi rostro. Inercia carrusel suspendida. Todo es efecto del tiempo, como si nadie lo supiera. Pero el amor, la peor de las cicatrices, y esa se me adhiere como sanguijuela, como una serpiente sanguijuela. Pero el amor... Calor de putamadre.

Apagó la luz del baño, esa reflexión inquietante de su imagen se perdió en la oscuridad. Apenas quedó una línea, apenas una silueta, un arroyo azul y delgado que flotaba tranquilo en la oscuridad, sin cauce, sin afluentes, sin destino, solo un río de esos que se forman cuando la ventana del baño a la derecha apenas deja pasar la luz azul en una noche calurosa de verano, de esos de jueves por la noche después de vomitar y vomitar serpientes, después de confundir la resaca post mortem con la filosofía de bolsillo, después de buscar con insistencia algún puente metafísico entre la estipulación mental-psicológica-darwiniana y la poesía sin rimas consonantes ni métricas definibles a simple vista, después de escuchar en la cabeza un disco completo de jazz, darse cuanta que se saben todas las canciones, los compases, la entrada suave de algún saxo de algún tipo llamado Houston, el piano empezando bajo, seduciendo a alguna burbuja verde o roja en el aire. Hoy debía ser verde, como la serpiente, como el vómito más puro. La ventana era apacible en algún aspecto que no valía la pena diseccionar en análisis poco francos. ¡A esta hora, mierda! Pero se quedó estático, sudando, como si en vez de sudar se estuviese derritiendo de a poco, como si se le fuera la piel en aquel acto tan complejo que era el estar de pie mirando la ventana.


La noche siempre, de alguna forma, es un mal augurio. El problema es cuando a uno se le da la regalada gana y se mete las noches al bolsillo, como si fueran cajas de cigarros. Después, claro, se hace eterna. Encontrar el pantalón de noche es un delirio en la oscuridad, meter la mano en un bolsillo, después en el otro esperando que no sea el primero, sacudir el pantalón de la pura desesperación por que acabe luego. Las noches deberían durar menos de lo que duran, que, a fin de cuentas, es todo el día.


Arrastró los pies desnudos fuera del cuarto de baño, dejándose llevar por lo que debía ser el calor en el aire. Se sentía una piedra enorme, algún puño cerrado de hierro, un pesar desagradablemente reconocible. Y el calor, como bramidos cortantes, le caía sobre los hombros. El suelo frío del baño era definitivamente más apetecible que la alfombra que lo llevaba irremediablemente hacia la habitación. Porque tenía que entrar, tenía que detenerse en el umbral, tenía que observar aquella silueta en la noche – extrañamente – azul y calurosa del jueves, apenas perceptible (aunque la silueta debía de expulsar algún tipo de luz – de eso estaba seguro –, algún resplandor de otro color), tenía que avanzar, tenía que marcar los pasos, disfrazarse de algún ruiseñor (porque de minotauro no era lo adecuado), tenía que respirar con determinación, tenía que dejar de recordar (eso era lo esencial, aunque no lo hubiese pensado en el orden que requiere la esencia en una escala de prioridades para un jueves por la noche), tenía que tomar las sábanas, doblarlas lo necesario para alcanzar a ver un pecho descubierto (porque eso era lo que le gustaba a la silueta), tenía que jugar a meterse a la cama, a extender el brazo con una furia y una alegría indescriptibles y, por supuesto, tomar la cintura, deslizar con delicadeza las llemas de los dedos desde el ombligo hasta donde debía de estar un esternón duro porque si de algo estaba seguro esa noche es que la silueta – a pesar de la luz que irradiaba, de la sensualidad con que dejaba caer los brazos sobre la alfombra y de la excesiva calentura con que el cabello le cubría eso que debía ser el rostro – no estaba hecha ni de luz ni de algodones de azúcar. Debía – mierda, sí que debía – de estar hecha de huesos duros y de intestinos y de mucosa y de bilis y de baba. No de sangre, porque la sangre, esa noche, era sinónimo de colchón blando, de alegría fulminante. Y, él, sobre todo, tenía que recitar poemas que no dejaran entrever que estaban llenos de palabras que revoloteaban por el cuarto tratando de arrancar por la ventana para ir a parar a otros oídos, a otro pecho desnudo y, lo más probable (aunque deseaba lo contrario), solitario. (Eso era lo esencial, aunque no lo hubiese pensado en el orden que requiere la esencia en una escala de prioridades para un jueves por la noche después de vomitar y vomitar y expulsar y escupir serpientes de tiempo sobre esferas amorfas) 

Y el tiempo que se mueve a rastras, esa carga más pesada que la más pesada carga que el hombre pueda soportar...

Estiró la mano en la oscuridad, apenas activó los resortes en sus dedos para darle un pequeño empujón a la puerta de la habitación. Los jueves por la noche suelen ser noches en las que toda acción se lleva a cabo con un dolor en el corazón y con una delicadeza imposible de realizar algún miércoles o sábado por la noche por razones obvias y totalmente imposibles de contrarrestar. La luz de la lámpara de la mesita de luz (¡que mierda de combinación de palabras!) estaba encendida otra vez. Una puntada se fue agudizando en el costado del estómago. Esperaba encontrarse con una silueta deforme, imprecisa; y ahora se hallaba frente a una mujer enorme, inalcanzable como la tierra, desnuda, los labios hirviendo en sangre. Una voz delicada, la misma voz que esperaba poder odiar (¿o amar?, ¿no es acaso lo mismo?) parecía estar llena de papel celofán rojo verde amarillo azul calipso.

-¿Estás bien?

Mierda. ¿Cómo responderte sin caer en la exposición llana, en lo explícito sin borde? ¿Cómo decirte que lo que preguntas es una pregunta retórica, de esas que uno no debería responder? ¿Cómo hacerte entender que deberías estar en otra cama, en otra ciudad, en otro caos? ¿Qué? ¿Eres tonta, mujer?

En la planta de sus pies sintió cómo se iban introduciendo largas, interminables serpientes delgadas, subiendo por sus piernas, devorando la carne, haciéndole temblar las rodillas. Debían de ser serpientes antiguas, de esas que tenían garras, porque podía sentir la presión punzante de unas uñas filosas por dentro de sus muslos y que iba subiendo por su miembro desnudo, hasta resguardarse en el estómago, al lado de la puntada del costado que ahora ya era fatal y (lo más probable, no cabía duda) visible.

¿Qué mierda querrás decir con estar? ¿Si estoy bien? Estoy aquí, si quieres esa respuesta. La segunda parte ya me parte el cráneo. Esa disposición del ánimo a la que te refieres tan descuidadamente es una tortura a esta hora. Deberías saber que es jueves por la noche, pero claro, eres como un gato perdido, siempre pensando que el jueves se acaba a las doce, que ahora es viernes por la madrugada.

-Apaga la luz.

-Sí, hace un calor horrible.



Las serpientes se iban apoderando de sus brazos, se iban desplazando como venas petrificando cada segmento de sus extremidades hasta darse cuenta que era tan difícil estirar la mano y jugar a tocar ese cuerpo desnudo y enorme, tan enorme como un páramo infinito de tierra, de suelo duro, de suelo lleno de sequía. Se dio cuenta que el concepto había cambiado, que las serpientes habían, de alguna forma que no quería comprender, mutado sutilmente.

¡Qué diablos! Las serpientes se cambian de piel...

-¿Estás bien?

Mis pies se mueven, pero se mueven solos, impulsados apenas por la inercia carrusel suspendida de esta serpiente maldita, maldito Darwin, Darwin coraza, coraza inútil, inútil intento, intento...

Llegó al borde de la cama. Dobló la sábana aún húmeda por el calor de su cuerpo hace unos minutos horas, pero la dobló un poco más de lo debido. Los jueves por la noche siempre duelen. Se acostó y no estiró el brazo para nada, ni aún como algún tipo de intento (¿o de pretexto?, ¿no es acaso lo mismo?). No recitó ningún poema. Y si pensó, sólo fue en atrocidades como el amor, el sexo, las fiestas a las que no debió ir, música que no era jazz y un millón de botellas con mensajes flotando en el mar. Se recostó, y mientras la mujer apagaba la luz de la lámpara de la mesita de luz (¡que horrible, desesperante mezcla de palabras!), se fue dejando caer con pesar hacia abajo, dejándose devorar por las sábanas húmedas, por el cuerpo de la, ahora, silueta deforme e imprecisa. Antes de cubrirse el torso bañado de azul por el resplandor de la ventana se sintió sólo. Después se cubrió hasta el cuello. Pensó un momento las palabras para responder.

-Hace un frío espantoso, ¿no?



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3 comentarios:

MILITA BABILÓNICA dijo...

No sólo te habría preguntado si estás bien, si no que te habría dicho "te he extrañado ¿sabes? Vi un nidal de madre de la culebra en medio de un árbol muerto y te pensé... te pensé mucho."
PS Sigue siendo un mal título, pero tú sigues siendo un escritor extraordinario.

Yo dijo...

Hermano. Puedo, después de leer tus lineas, tan duras y vicerales que de ellas es de donde afloran miles de sentimientos, que de ellas mi mente funciona, que de ellas brotó mi inspiración años atrás, las ganas de simplemente escribir y hacerme ver. Sin ellas estos últimos años han sido vacíos en sí, en tus lineas cambio de mundo y me siento distinto y más aún te recuerdo, más quisiera estar contigo en estos momentos, hacer nada, estar en silencio... Extraño esos días en que conversábamos, o nos mirábamos, y era de noche, y era todo distinto.

Te amo Hermano, recuerdalo, puedo estar cerca tuyo a esta distancia si guardas un poco de silencio y suspiras un poco. Ya no tengo palabras para expresarte lo que siento.

Un abrazo hermano, nos vemos cuando sea el momento.

Yo dijo...

ME acabo de dar cuenta de que hay otro Yo, no se quien será, pero el de esta entrada creo te darás cuenta quién es.