11.09.2009

Capítulo 1


PictureY el tiempo es una serpiente. Una serpiente que se mueve lenta, sensualmente inquietante. Un vaivén silencioso, silbante, una sensación sublime. Una ligera y pesada marea, un mareo incesante. El tiempo debe ser una serpiente. Una serpiente que sube, una serpiente que desciende. El tiempo tiene que estar encerrado en una serpiente, definitivamente, en una substancia insensata e insubstancial, en una burbuja con forma de serpiente. Una serpiente que se mueve, que se balancea sobre una esfera. Algo así debe ser el tiempo. Al menos este tiempo como redondo debe estar así, en esta serpiente de aire, una especie de pausa, en esa inercia que da cuando el metro se demora un rato más en detenerse y todos somos impulsados apenas por la inercia. Algo así. Una cosa molesta. Y los ojos, obviamente, se mueven en ese tiempo que gira, que no se detiene. Al menos mis ojos. Tal vez por esa razón tus ojos no se detienen. Parecen resbalarse en el tiempo, en una cosa sin tope, una inercia carrusel suspendida. Tus ojos no se detienen, corren su eterna carrera, pero es una carrera lenta, sin apuros, una carrera que no vale la pena terminar, una carrera que tiene alguna premonición poco afable, nada satisfactoria. Tus ojos se van perdiendo más allá de los míos. Pero alcanzo a mover las pupilas, alcanzo a alcanzarte. Vaya si es difícil no caerse por los costados del tiempo, si es que entiendes lo que quiero decir. Uno va resbalando los globitos, los globitos oculares sin percatarse. Hasta que se devuelven apenas. Vaya que sí es difícil...


-¿Qué dices?


Pero yo sé que tus ojos no se mueven. De alguna extraña, imposible manera lo sé. Soy solamente yo que me siento mareado entre tus piernas, en tu cabello caliente que me sofoca, debajo de tu boca semiabierta, fundido en tu pecho como si fuera una extensión de tu corazón. Estoy ebrio de ti, ese es el problema.

-Me gusta cuando hablas así, solo.
-¿Estaba hablando? ¿En voz alta? ¿Me escuchaste?
-¿Por qué es un problema? ¿Soy un problema?
-No preguntes idioteces. Ahora no. ¿Por qué no me dijiste que estaba hablando en voz alta?
-No sé. No me di cuenta hasta que dijiste algo del tiempo. Y una serpiente. Hablas mucho sobre serpientes. ¿Les tienes miedo?
-Sólo cuando pienso en ellas. ¿Qué hora es?
-Las tres trece.
-¿Por qué respondes de inmediato? ¿Por qué? Esto me hace desconfiar de Cortázar, ¿sabes?
-¿Por qué?
-Me haría bien un café ahora.
-¿Tienes hambre?
-¿Por qué diablos la luz está encendida?
-Tú la prendiste.

Se inclinó un segundo y apagó la lámpara en la mesita de luz. La mesita de luz, qué cosa más rara. Una mesa hecha deluz. Fue sintiendo como las sábanas húmedas se iban despegando de su espalda con resistencia. Algún ruido desagradable las acompañaba. De pronto la ventana se fue haciendo cada vez más grande. Cuando llegó al alféizar, se agachó y buscó algo en el suelo. Esos debían ser sus pantalones. Recordaba vagamente donde habían quedado, pero se dio el permiso de pensar que esos eran sus pantalones. Hurgó entre los bolsillos y se levantó. Un resplandor exangüe, pálido desde la ventana le bañaba mezquinamente el rostro y el pecho desnudo. Inclinó un poco la cabeza y parecía poner un dedo en su boca. Después hizo un hueco entre sus manos y un resplandor anaranjado apareció por unos segundo entre sus dedos. Desde la cama, ella lo vio bañado en una luz alegre. Su rostro, sin embargo, se mostraba duro, con líneas bien dibujadas y fuertes, decididas. El resplandor se deshizo y sólo quedó una pequeña luciérnaga en el aire, que hacía el mismo recorrido una y otra vez. Arriba, encendía un poco más su culito y luego abajo. Y ahí se quedaba, estática por un momento, temblando apenas en la oscuridad asfixiante de la noche. El calor era una cosa infernal. Del culo de la luciérnaga escapaban estelas de humo blanco, como si se estuviera incendiando por dentro. El humo que escapaba por los labios delgados chocaba con gracia sobre el vidrio de la ventana. Se dejaba llevar con delicadeza sobre el aire, resbalando lo que debían ser pequeñas extremidades de humo y al llegar a la ventana se deshacía en una expansión algodonosa y lenta, una pequeña ruptura con formas de explosiones de películas de ciencia ficción de los noventa. Y luego, grand finale pobrísimo y no tan grand, se disipaba, desaparecía silenciosamente a la altura del marco.

-¿Por qué soy un problema?- preguntó la mujer, elevando apenas la voz.

El calor era sofocante. Él sentía cómo una ola caliente se iba metiendo por su espalda, como una serpiente en llamas. Tenía ganas de sacarse de una vez el abrigo de mentira que le hacía sudar como condenado y abrir la ventana. Sentía, a medida que la serpiente se introducía en su espalda, cómo las gotas de sudor, de grasa derretida, se desplazaban con una lentitud inquietante columna abajo. Pero no. No abriría la ventana. Abrirla sería una especia de abandono o la confirmación de algún miedo inventado por él mismo para aquella ocasión. Abrir la ventana y caer, porque sabía que el equilibrio estaba en el tiempo y su tiempo era una serpiente que ahora entraba, bañada en fuego, por su espalda y se balanceaba sobre una esfera. Cuando acabó, dejó el cigarro en el alféizar y arrastró el cuerpo, desnudo, hacia el baño. Ella lo vio desde la cama, bañado en un resplandor azul y triste. Escuchó los pasos arrastrados y la ironía que salía de los labios del torso andante.

-Ese fue un buen café.



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